Dr. Lorenzo Reyes Bozo Decano Facultad de Ingeniería y Negocios Universidad de Las Américas

En el escenario contemporáneo, los minerales críticos han dejado de ser una categoría meramente técnica para convertirse en un eje estructurante de la economía global. Se entiende este término como aquellos recursos cuya importancia económica es elevada y cuyo suministro presenta riesgos significativos. En Chile, esta definición abarca no solo al litio, cobre y cobalto, sino también a un conjunto emergente de tierras raras, como el neodimio y el disprosio, esenciales para tecnologías avanzadas. Organismos internacionales han ampliado esta lista en función de la transición energética, la digitalización y la seguridad tecnológica.

Este tipo de minerales están profundamente integrados en la vida cotidiana. El litio permite el funcionamiento de las baterías de teléfonos móviles y vehículos eléctricos. El cobre es insustituible en redes eléctricas y dispositivos electrónicos. Las tierras raras son fundamentales en imanes permanentes utilizados en audífonos, discos duros y turbinas eólicas. Así, cada gesto tecnológico —desde enviar un mensaje hasta almacenar energía— está mediado por estos recursos invisibles, pero indispensables.

No son solo recursos naturales: son vectores de desarrollo, instrumentos de poder y catalizadores de futuro. La relevancia geopolítica radica en su concentración geográfica y en su rol estratégico. La dependencia de cadenas de suministro dominadas por un número reducido de países ha tensionado las relaciones internacionales, transformando a los minerales críticos en instrumentos de poder. En este contexto, regular su extracción, procesamiento y comercialización no es solo una cuestión económica, sino una decisión soberana que incide en la autonomía tecnológica, la seguridad nacional y la inserción internacional de los Estados.

Frente a este escenario, Chile posee una oportunidad histórica. Sin embargo, la mera disponibilidad geológica no garantiza liderazgo. Se requiere una estrategia país que transite desde la exportación de materias primas hacia el desarrollo de capacidades tecnológicas, industriales y científicas. Esto implica invertir en I+D, fomentar encadenamientos productivos, desarrollar capacidades de refinación y separación de tierras raras, y establecer marcos regulatorios modernos que equilibren sostenibilidad ambiental, participación social y competitividad global.

Asimismo, Chile debe posicionarse como un proveedor confiable en mercados internacionales, promoviendo estándares de trazabilidad, gobernanza y producción responsable. La articulación entre Estado, academia e industria será clave para construir una política de largo plazo que trascienda ciclos políticos y capture valor en toda la cadena. Si nuestro país actúa con visión estratégica, puede transformarse en un actor clave en el mercado de este tipo de minerales. 

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Equipo Prensa
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