Muchas tradiciones están tan arraigadas en nuestra cultura que las aceptamos sin más. Eso quizás pasa con el Día de las Madres. Hace décadas lo celebramos en mayo y sus festejos parecen resumirse en un regalo o algún almuerzo, saludo o pequeño homenaje a quien nos dio la vida. Sin embargo, la instancia puede ofrecernos una oportunidad de reflexión o una buena excusa para rescatar del olvido a mujeres de la historia cuya maternidad suele quedar en segundo plano. 

El Día de las Madres se celebra en mayo por varios motivos. Desde la antigüedad, fue el mes dedicado a Maia o Bona Dea, diosa romana de la fertilidad y la salud. Claro, en Europa hace sentido,  pues el mes representa la plenitud de la primavera, asociada a la regeneración de la vida. 

Pero la historia reciente agrega otra razón. En mayo de 1905, falleció Ann Maria Reeves Jarvis, una activista social estadounidense que dedicó su vida a la lucha por los derechos de las trabajadoras. Durante la guerra de secesión de su país, organizó a las mujeres para atender a los heridos y, al terminar el conflicto, advirtió la necesidad de que se reconociera el esfuerzo de estas heroínas, sobre todo, porque las trabajadoras cumplían un rol dual: nunca dejaban de lado su maternidad para plegarse al mundo laboral. Falleció sin conseguir ese reconocimiento, pero su hija se encargó de hacerle justicia y propuso la fecha en honor a la partida de su madre. En 1914, el presidente Woodrow Wilson “recogió el guante” y oficializó el Día de las Madres para este mes.

El motivo tiene, entonces, un trasfondo. A esta conmemoración subyace un reconocimiento a tantas mujeres que han contribuido a la sociedad arreglándoselas para cumplir en diversos frentes. En general, cuando recordamos a grandes mujeres de la historia, las escindimos de su faceta de madres. Aislamos sus méritos intelectuales, políticos, científicos o artísticos y olvidamos que, más allá de sus afanes y logros, a diario cuidaban a sus familias. Quienes a fines del siglo XIX y comienzos del XX, instalaron el debate sobre los derechos para las mujeres, no renegaron de su maternidad. Al contrario: querían garantías para participar de diversos espacios sin perder la oportunidad de ser madres.  

Rosario Orrego, primera novelista chilena y emprendedora editorial, se las arregló para hacer su carrera en defensa de la educación femenina, pese a enviudar joven y encargarse de sus cinco hijos, entre ellos, Luis Uribe, futuro héroe en la guerra del Pacífico. Que firmara sus primeras obras con el seudónimo de “Una madre” habla de lo mucho que se identificaba con el rol. En el siglo XX, mujeres vanguardistas vieron sus destinos marcados por su maternidad. Delie Rouge sufrió el alejamiento de su hija a manos de su marido, quien consideraba que una madre escritora, de fuerte opinión política, no era buena influencia para la niña. Similar pérdida sufrió Teresa Wilms Montt: recluida a un convento y luego “autoexiliada”, sus hijas fueron criadas por la familia de su esposo. Aunque pudo reencontrarse con ellas unos meses, su ausencia se volvió insoportable, hasta acabar con su vida. Rebeca Matte, la insigne escultora, perdió a su joven hija aquejada de tuberculosis y el dolor fue tan grande que desde entonces abandonó la creación artística. La escritora Inés Echeverría Bello (Iris) debió luchar para castigar el asesinato de su hija Rebeca Larraín a manos de su yerno. Su manifiesto Por él es una joya literaria que denuncia la violencia intrafamiliar y reivindica la justicia para las mujeres. 

La lista es larga y no hay espacio para incluir a todas, pero sí puede ser ésta una invitación a repensar a las mujeres desde el rol de madres. El mérito no pasa por tener hijos, sino por la dedicación a sus cuidados y a la capacidad de proyectar una vida intrínsecamente asociada a otros. Feliz día a las madres de hoy y a las que nos precedieron. 

 

María Gabriela Huidobro
Decana de la Facultad de Educación y Ciencias Sociales, U. Andrés Bello

 

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