Más del 80% de las emociones que experimentan los estudiantes de Trabajo Social durante la etapa inicial de su práctica profesional corresponde a ansiedad, incertidumbre y estrés, reflejando el impacto de la transición hacia un entorno laboral. Sin embargo, en la medida que avanzan, evolucionan a emociones como satisfacción, confianza y motivación, que favorecen un mejor desempeño y potencian el aprendizaje y la integración de los conocimientos. El cambio sugiere que las experiencias, si son combinadas con el apoyo adecuado de docentes y supervisores, “desempeñan un papel crucial en la transformación emocional y en el desarrollo profesional del estudiantado”.

Esta es una de las principales conclusiones del estudio liderado por la Universidad de Las Américas (UDLA) que caracterizó las emociones de 100 estudiantes de quinto año de Trabajo Social, de dos universidades —una estatal y una privada, de la zona centro sur de Chile—, durante su práctica profesional, y que profundizó en lo que las configura a través de su experiencia formativa. Se analizaron 100 bitácoras de aprendizaje escritas por los alumnos, mensualmente, durante un año y 10 meses, como parte de su práctica en 2023.

El trabajo, denominado “Emociones en el proceso formativo del trabajador social: Primeras aproximaciones desde las bitácoras de aprendizaje estuvo a cargo de Yasna Anabalón, Directora del Magíster Interdisciplinario para el Acompañamiento de Personas Autistas, contando también con la colaboración de los investigadores Emmanuel Vega, de U. de Concepción; Nelly Lagos, de U. del Bío-Bío; y Joucelyn Rivadeneira, de U. Arturo Prat. “Estos hallazgos no solo destacan la importancia de reconocer y gestionar las emociones en contextos educativos, sino que también evidencian una tendencia esperanzadora para las futuras generaciones”, explica Anabalón. Quien agrega que “la capacidad de superar las emociones negativas iniciales y evolucionar hacia un estado emocional más equilibrado y positivo subraya la resiliencia y adaptabilidad del estudiantado, aspectos fundamentales para enfrentar los desafíos propios de la práctica profesional en el ámbito del Trabajo Social”. 

La académica añadió que “es imprescindible que los programas de formación incluyan estrategias explícitas para abordar las emociones en contextos prácticos, fomentando espacios de reflexión y diálogo que permitan a los estudiantes identificar, comprender y gestionar sus emociones de manera efectiva. Así se podrá no solo optimizar su experiencia formativa, sino también prepararlos emocionalmente para los retos de su futura vida profesional”.

Los resultados revelan que aún se desconoce por el estamento estudiantil cómo las emociones se integran en el ámbito educativo y aún más en las prácticas profesionales, contexto que “podría entenderse como un espacio vital en el cual es necesario la integridad del estudiante y las personas para tener aprendizajes profundos”, señala el análisis. Los hallazgos dan cuenta, igualmente, de la importancia de seguir aportando en torno al conocimiento de las emociones en los procesos de práctica profesional en Trabajo Social y cómo estos son fundamentales en el ejercicio profesional.

Los expertos advierten que la educación emocional, no siempre valorada en la educación superior, tiene especial importancia en Trabajo Social, donde son necesarias estrategias y metodologías para gestionar las emociones propias y ajenas. El estudio explica que ser trabajador social implica compromiso con ese “otro” en la búsqueda de resolución, orientación, apoyo, generación de formas de organización en las necesidades y los problemas sociales, y también la búsqueda del bienestar de la persona, familia o comunidad a través del vínculo profesional entre el trabajador social y el cliente. 

Otra parte del análisis sostiene que las competencias emocionales han sido incorporadas de modo muy incipiente en Chile, siendo poco desarrolladas en el mundo universitario, aunque en los últimos años se ha promovido la implementación de asignaturas complementarias con foco en estas competencias, “pero con resultados insuficientes, dado que se carece de prácticas y pautas que ayuden en la evaluación y entrenamiento de las competencias emocionales”. También se indica que es indiscutible la imperiosa necesidad de incorporarlas de modo integral en el sistema educativo, especialmente en los procesos formativos de pregrado.

Identificación de emociones

El análisis de las bitácoras reflexivas de los estudiantes de Trabajo Social de las dos universidades arrojó que las emociones mayormente identificadas son ansiedad, nerviosismo, seguridad y tranquilidad; y las con menos densidad corresponden a plenitud, inseguridad y positividad.

Quedaron visualizados cinco momentos de la práctica profesional donde los alumnos señalan las emociones que les generan. Estos corresponden a: inserción institucional (ansiedad, actitud positiva, un poco nerviosa, tranquilidad, nerviosismo y felicidad), creación del plan de intervención (inquietud, nerviosismo, dudas, positivo, planificación), ejecución del plan de intervención (felicidad, cómodo/a, seguridad, habilidades comunicativas, empatía), evaluación del plan de intervención (tranquilidad, dudas, aceptar la retroalimentación, felicidad) y metacognición del proceso de práctica (esfuerzo, responsabilidad, gratificante/orgullo).

A medida que los jóvenes avanzan en sus prácticas iniciales, el dominio progresivo de tareas, la retroalimentación positiva y el desarrollo de confianza en sus habilidades contribuyen a un cambio emocional con satisfacción, logro y motivación. “Este cambio no solo evidencia la adaptación profesional al contexto profesional, sino que también subraya el papel crucial de las experiencias prácticas en el fortalecimiento de las competencias emocionales y profesionales”, comenta la académica de UDLA, que define como “fundamental” que los docentes consideren este trayecto emocional “como parte integral del proceso formativo”. Recalca que el objetivo principal en las prácticas es el desarrollo integral de la personalidad de los educandos y que los docentes “no solo tienen la obligación de conocer el contenido teórico conceptual y los respectivos ámbitos metodológicos de su enseñanza, sino también ser capaces de conocer y comprender al estudiantado”, enfatiza. 

Estudios y herramientas efectivas

La parte conclusiva afirma que resulta pertinente llevar a cabo trabajos complementarios que analicen las emociones de los estudiantes durante su desarrollo profesional: “Estos estudios podrían permitir la identificación de patrones emocionales que contribuyan a mitigar la ansiedad experimentada por quienes inician sus prácticas profesionales, ofreciendo así herramientas más efectivas para su manejo”, expresa Anabalón. Otro hallazgo relevante fue detectar la dificultad del estudiantado para identificar y nombrar las emociones vividas en su proceso formativo, carencia que entorpece la capacidad de adaptación al entorno profesional y a la interpretación y comprensión del mismo.

En tanto, respecto del uso de bitácoras de aprendizaje como una estrategia pedagógica, se enfatiza su aporte al desarrollo de competencias metacognitivas y la promoción de la reflexión crítica en los estudiantes: “Esta herramienta no solo facilita el seguimiento del proceso formativo en tiempo real, sino que también actúa como una valiosa técnica de retroalimentación al entregar información detallada sobre el desarrollo del aprendizaje”, añade la experta de Universidad de Las Américas. Por esta razón, se recomienda seguir implementando dicha metodología dada su contribución al ámbito formativo e investigativo. “Además, dado su reconocimiento positivo por parte del estudiantado, sería oportuno potenciar su efectividad mediante la integración de otras metodologías de enfoque constructivista, que enriquecen y diversifican aún más el proceso de aprendizaje”, concluye.

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Equipo Prensa
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