El 9,4% de desempleo y el aumento de la informalidad reflejan, según el académico de la UCT Javier Hernández, dificultades estructurales de la economía chilena. La Araucanía, con 10,1% de desocupación y 35,9% de informalidad, evidencia las brechas territoriales y los desafíos que plantea además la automatización.
El mercado laboral chileno enfrenta un escenario que va más allá de una cifra puntual. Durante abril-junio de 2026, la desocupación alcanzó 9,4%, mientras la fuerza de trabajo creció 1,5% y las personas ocupadas aumentaron 0,9%, según el INE. La informalidad llegó a 27%, más de 2,5 millones de personas, un punto porcentual más en doce meses.
Para Hernández, la persistencia de estas cifras revela dificultades que no pueden atribuirse solo a factores coyunturales: “Llevamos tiempo en torno a cifras parecidas, lo que parece indicar que hay diferentes tendencias en la forma en que la economía se despliega y que afectan la posibilidad de conseguir empleo”. A su juicio, a la economía chilena le falta dinamismo y los procesos de innovación no han madurado lo suficiente, pese a sectores dinámicos como algunos servicios y energías.
El escenario económico agrega complejidad, el Banco Central informó que el PIB cayó 0,2% interanual en el segundo trimestre de 2026, aunque el PIB no minero creció impulsado por servicios personales y comercio.
La brecha que se profundiza fuera de Santiago
La brecha se profundiza fuera de Santiago. En La Araucanía, el desempleo llegó a 10,1% y la informalidad a 35,9%, 8,9 puntos por sobre el promedio nacional. Para Hernández, uno de los factores estructurales es la centralización de la economía chilena; actividades como la fruticultura y el sector forestal generan empleos estacionales que dificultan la estabilidad laboral, y muchos profesionales deben salir de la región por falta de plazas. El resultado es una paradoja: regiones que forman profesionales, pero no siempre logran retenerlos.
No solo faltan empleos, también faltan empleos de calidad. “Hay una falta de empleos formales y de calidad”, señala Hernández, aunque advierte que el debate sobre productividad no debe concentrarse solo en el trabajador, sino en cómo se organiza en trabajo en procesos de baja agregación de valor.
La transformación tecnológica añade otra capa de complejidad. La OIT advierte que la inteligencia artificial generativa puede transformar numerosas ocupaciones. Hernández observa una amenaza particular en los cargos de entrada, donde los trabajadores adquieren su primera experiencia: “Comienza a observarse que ciertos trabajos, principalmente manuales, ya habían sido afectados por la automatización, pero ahora está más presente en trabajos de servicios, de oficina e intensivos en conocimiento”. El riesgo es que las empresas sustituyan justamente esos puestos que permiten aprender antes de asumir mayores responsabilidades, generando organizaciones aún más duales.
Frente a este escenario, Hernández plantea que Chile necesita ir más allá de políticas centradas solo en la empleabilidad, que pueden tener resultados solo en plazos acotados, y avanzar hacia productos, servicios e industrias capaces de aprovechar el capital humano ya formado: “Se habla mucho de la economía del conocimiento, pero no se hace lo suficiente para que Chile se integre de mejor forma en ella”. Propone repensar la relación entre Estado, empresas y mercado, y fortalecer el rol de las regiones en sus propias estrategias de desarrollo. También repensar cómo se distribuyen la riqueza y las oportunidades, de manera que más personas puedan ser agentes relevantes en el dinamismo de la economía a través de su trabajo, la inversión o el consumo.
El problema laboral chileno trasciende el dato mensual de desempleo: no se trata solo de crear más puestos de trabajo, sino de construir una economía capaz de generar empleos formales, productivos y de mayor valor en todo el territorio nacional.





















