Omar Salinas Silva – Director de Ingeniería Civil Informática Advance UNAB

Durante décadas construimos nuestras carreras sobre una premisa sencilla: saber más nos hacía más valiosos. Acumulamos títulos, conocimientos y experiencia porque la ventaja estaba en comprender aquello que otros desconocían o resolver problemas que pocos podían enfrentar. La inteligencia artificial está alterando esa ecuación. Cuando una máquina puede analizar información, escribir código, construir argumentos y proponer soluciones en segundos, el conocimiento no pierde importancia, pero deja de ser suficiente para diferenciarnos.

Estamos entrando en un escenario donde profesionales con acceso a modelos igualmente poderosos podrán obtener respuestas similares; la diferencia estará en quién formule mejores preguntas, interprete el contexto y convierta esas respuestas en resultados. Ahí adquiere valor la inteligencia relacional: comprender a otros, construir confianza, gestionar desacuerdos y movilizar personas hacia objetivos comunes. La IA puede generar una recomendación sofisticada, pero transformarla en acción exige criterio, negociación y responsabilidad.

Para las empresas y la educación, el desafío es el mismo: a medida que la IA se democratice, acceder a ella dejará de ser una ventaja competitiva. La diferencia estará en quienes sepan combinar tecnología, conocimiento, pensamiento crítico, liderazgo y confianza para transformar respuestas en buenas decisiones y resultados. Formar profesionales para competir en tareas que una máquina puede resolver en segundos pierde sentido; el verdadero reto será prepararlos para utilizar la IA con criterio, interpretar contextos y decidir bajo incertidumbre.

Sería ingenuo establecer hoy fronteras definitivas sobre aquello que la inteligencia artificial nunca podrá hacer. Seguirá avanzando y probablemente asumirá capacidades que hoy consideramos difíciles de automatizar. Sin embargo, su progreso ya está modificando aquello que realmente genera valor: cuanto más abundantes se vuelven las respuestas, más importantes son el criterio para cuestionarlas, la confianza para convertirlas en decisiones y la capacidad de movilizar a otros para transformarlas en resultados.

Cuando todos tengan acceso a una IA extraordinaria, disponer de ella ya no será suficiente para diferenciarnos. El verdadero valor estará en comprender a otros, construir confianza y convertir conocimiento en acción. Quizás entonces descubramos algo inesperado: cuanto más inteligentes sean nuestras máquinas, más decisiva será nuestra capacidad de entendernos entre nosotros.

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