Omar Salinas Silva – Director Ingeniería Civil Informática Advance UNAB

Durante treinta años aprendimos a entrar a Internet. Aprendimos a buscar, comparar, abrir decenas de pestañas, distinguir fuentes y recorrer páginas hasta encontrar aquello que necesitábamos. La próxima generación probablemente nunca tenga que aprender nada de eso. No porque Internet vaya a desaparecer, sino porque la inteligencia artificial comenzará a recorrerla por nosotros.

Ese cambio ya empezó. Los nuevos agentes de IA ya no solo responden preguntas. Buscan información, comparan productos, organizan viajes, negocian precios y pronto ejecutarán compras y trámites completos en nuestro nombre. Hasta ahora, cada pregunta nos obligaba a entrar a Internet. Muy pronto ocurrirá lo contrario: Internet llegará hasta nosotros después de haber sido recorrida por una inteligencia artificial. La red seguirá creciendo, pero una parte cada vez mayor dejará de estar diseñada para nuestros ojos y comenzará a estar diseñada para conversar con máquinas.

La diferencia parece técnica, pero cambia la naturaleza de una de las actividades más humanas: buscar. Durante décadas los buscadores ordenaron la información, aunque el recorrido seguía siendo nuestro. Podíamos ignorar el primer resultado, abrir el décimo o descubrir algo que jamás habíamos pensado encontrar. Un agente funciona de otra manera. Si analiza cien alternativas y recomienda tres, las otras noventa y siete desaparecen de nuestra experiencia. Nunca supimos que estaban allí. La inteligencia artificial no necesita decidir por nosotros para influir en nuestras decisiones. Le basta con decidir qué parte de Internet llegará hasta ellas.

Y aceptaremos esa transformación porque será extraordinariamente útil. Toda revolución tecnológica prometió ahorrar tiempo; esta promete eliminar también el esfuerzo intelectual que existe entre una pregunta y una respuesta. Recuperaremos productividad, reduciremos fricción y tomaremos mejores decisiones. Pero cada respuesta perfecta elimina una parte del recorrido. Y es precisamente en ese recorrido donde nacían la duda, la comparación, la contradicción y el descubrimiento. La productividad siempre ha sabido medir cuánto tardamos en encontrar una respuesta. Nunca ha sabido medir el valor de aquello que descubrimos mientras todavía no la encontrábamos.

La mayor pérdida de la era de la inteligencia artificial podría no ser un empleo, una profesión o una industria. Podría ser el azar. Porque las mejores ideas de la humanidad casi nunca aparecieron donde las estábamos buscando.

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