Hasta no hace muchas décadas, predominaba un modelo de paternidad con un guion relativamente definido. La paternidad, en tanto hecho biológico y legal, implicaba proveer el sustento material. En el marco de lo tradicional, el cumplimiento de este rol exigía pocas explicaciones y generaba pocas expectativas respecto al mundo afectivo y del cuidado diario de los hijos e hijas. En la actualidad, este libreto predeterminado va caducando. La paternidad va dejando atrás la pasiva unidimensionalidad del rol para convertirse en una construcción más compleja: hoy nos vemos interpelados a habitar la paternidad.
Desde las ciencias sociales entendemos que habitar un rol supone asumir de manera consciente las responsabilidades y expectativas que la sociedad le atribuye. Por ello, ser padre hoy, sea por consanguinidad o a través de la adopción, significa entrar a jugar en una cancha donde los mandatos de la masculinidad tradicional crujen ante las nuevas exigencias de la sociedad.
Esta transición no resulta sencilla de comprender y transitar. El hombre actual se encuentra atrapado en una encrucijada compleja. Por un lado, persisten las inercias del viejo modelo que mide el éxito masculino a través de la productividad laboral; por el otro, emergen con fuerza los requerimientos de una paternidad de crianza activa, respetuosa y emocionalmente presente. Se exige ser proveedores infatigables en lo económico, pero también efectivos soportes afectivos. Esta transformación ocurre, muchas veces huérfana de redes de apoyo masculinas o de políticas públicas que faciliten la conciliación, transformando la experiencia en un espacio de constante ensayo, error y culpa.
Sin embargo, al mirar el panorama completo, la realidad social nos obliga a abandonar cualquier intento de romantización. El tránsito hacia este nuevo habitar es profundamente desigual y convive con fracturas alarmantes de larga data. No es posible hablar de las nuevas paternidades sin hacernos cargo de las enormes deudas pendientes. En nuestro país, fenómenos tan dolorosos como los denominados «papitos corazón» o la resistencia cultural a asumir la corresponsabilidad real en el hogar demuestran que el abandono parental continúa siendo una realidad persistente que evidencia la dificultad de algunos hombres para asumir plenamente la crianza.
Mientras algunos padres trabajan activamente por construir una paternidad real, asumiendo de manera equitativa las demandas cotidianas y el soporte socioemocional de la crianza, otros siguen optando por la periferia del rol. Esta brecha visibiliza que el tránsito hacia una corresponsabilidad efectiva no es un proceso automático ni homogéneo; por el contrario, la intimidad del hogar se transforma hoy en un espacio en disputa, una tensión cultural y estructural que todavía estamos lejos de resolver.
Habitar la paternidad en la sociedad actual es, en definitiva, un acto de responsabilidad política y humana. Exige entender que los hijos no se «ayudan a criar», se crían. El desafío para quienes ejercemos este rol, y para las universidades que formamos a las nuevas generaciones; es asumir que los antiguos privilegios patriarcales deben dar paso a relaciones familiares más justas y corresponsables, construyendo hogares activamente democráticos. La paternidad ya no puede ser un puesto vacío que se ocupa por inercia; debe ser un espacio que se habita desde la presencia, la ternura y la justicia del cuidado compartido de los hijos e hijas.





















