Como agente educacional es imposible mantenerse al margen de la realidad país que mantiene en desborde parte del sistema escolar. Si bien la institución que dirijo cuenta con programas multidisciplinarios de convivencia escolar, que comienzan con la prevención, miro con desdén, por ejemplo, como se desborda una “pichanga” de recreo, los “overoles blancos”, entre otros. 

Las comunidades educacionales tenemos el deber de entregar un “lugar seguro” a los alumnos, y para ellos contamos con equipos de trabajo, pero es imposible no detenerme a pensar que detrás de cada estudiante hay un mundo particular, una historia que no somos capaces de abarcar. El silencio del niño, de la familia, necesitamos que sean palabras de alerta hacia nosotros como educadores, puede ser que la intervención en sala no sea suficiente y el concepto de “lugar seguro” tenga que ver con un mix de las nuevas metodologías, pero también esa educación de hace más de 20 años, donde los chicos llegaban el día lunes y hacían filas esperando su turno para llegar al escritorio de su “tía” y simplemente contarle como estuvo su fin de semana. 

No permitamos el monosílabo en el aula… ¿chicos cómo están? Bien, mal, no es suficiente. Y si complementamos con la recordada composición donde el expresarse no es opción y volvemos a leer a nuestros alumnos. Sin duda el desafío es dantesco, pero merece una pausa para reflexionar.  

Soledad Villate, Magíster en Gestión y Liderazgo Educacional.

Rectora del Colegio Pedro de Valdivia de Las Condes.

 

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