Durante años la auditoría se ha construido sobre una premisa implícita: que los riesgos están en los números. Estados financieros, conciliaciones, pruebas sustantivas. Sin embargo, este antecedente, aunque vigente, ya no es suficiente.

Hoy, una parte relevante del riesgo no está en las cifras, sino en cómo se explican.

Las empresas no solo informan, también comunican, especialmente a través de las notas a los estados financieros, donde interpretan y, en algunos casos, suavizan su realidad. La ambigüedad, el exceso de optimismo o la complejidad innecesaria, no son simples problemas de redacción: son señales de riesgo que el auditor difícilmente detecta en una revisión tradicional.

Aquí es donde la inteligencia artificial comienza a marcar una diferencia concreta. Actualmente existen herramientas capaces de analizar grandes volúmenes de información, identificar patrones en el lenguaje y advertir zonas donde el discurso financiero pierde transparencia. Es, en términos prácticos, una nueva capa de análisis que antes no existía.

Pero el cambio más profundo no es tecnológico: es profesional.

Porque mientras la IA puede procesar información a una escala imposible para el ser humano, no puede ejercer juicio profesional ni escepticismo. No cuestiona el fondo económico de una operación ni pondera su contexto. Esa sigue y seguirá siendo, una responsabilidad indelegable del auditor, en línea con los principios promovidos por la IFAC.

La diferencia es que hoy el valor del auditor ya no está en revisar más documentos, sino en interpretar mejor los datos, hacer las preguntas correctas y detectar riesgos que antes simplemente no se veían.

La auditoría no está desapareciendo: está transformándose.

Y quizás el mayor riesgo que enfrentemos no es la inteligencia artificial, sino seguir auditando como si nada hubiese cambiado.

Viviana Puentes Directora Escuela de Auditoría Universidad de Las Américas.

 

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