Dr. Lorenzo Reyes Bozo Decano Facultad de Ingeniería y Negocios Universidad de Las Américas

El sostenido aumento de los precios de los combustibles en Chile ha dejado de ser un fenómeno coyuntural para convertirse en una condición estructural del sistema energético global. Factores como la volatilidad del mercado internacional del petróleo, tensiones geopolíticas y la depreciación del tipo de cambio han impactado directamente en los costos operacionales, particularmente en sectores intensivos en transporte. En este contexto, las pequeñas y medianas empresas (pymes), que constituyen el tejido productivo del país, enfrentan una presión creciente sobre sus márgenes, evidenciando una alta dependencia de los combustibles fósiles y una limitada capacidad de adaptación inmediata.

El problema no es únicamente económico, sino también estratégico: la baja eficiencia energética en operaciones logísticas amplifica la exposición a la volatilidad de precios. Así, cada litro consumido no optimizado representa una pérdida de competitividad.

En el corto plazo, existen medidas concretas que pueden generar impactos inmediatos. La optimización logística —mediante planificación de rutas, consolidación de cargas y reducción de viajes innecesarios— permite disminuir el consumo directo de combustible. Asimismo, la incorporación de telemetría básica para el monitoreo de flotas y la adopción de prácticas de conducción eficiente pueden reducir significativamente el consumo por kilómetro recorrido. A ello se suma la relevancia de una mantención vehicular adecuada, frecuentemente subestimada, pero crucial para evitar ineficiencias mecánicas. Desde la gestión comercial, la incorporación de recargos por combustible o cláusulas de ajuste en contratos emerge como una herramienta legítima para compartir el riesgo energético.

Sin embargo, la resiliencia real se construye en el mediano plazo. Rediseñar la cadena de suministro —acercando centros de distribución y optimizando la logística de última milla— permite reducir distancias y, por ende, consumo energético. Paralelamente, la transición hacia flotas más eficientes, incluyendo vehículos híbridos o eléctricos en entornos urbanos, constituye una estrategia clave para desacoplar los costos operacionales de la volatilidad del petróleo. La diversificación energética, mediante el uso de gas natural comprimido o gas licuado, también ofrece alternativas viables según la disponibilidad territorial.

En este escenario, la eficiencia energética y la digitalización no son opciones, sino imperativos estratégicos. Tecnologías como la analítica de datos, el Internet de las Cosas y los sistemas de gestión de flotas permiten optimizar operaciones en tiempo real, reduciendo ineficiencias estructurales. La evidencia sugiere que mejoras en eficiencia pueden disminuir el consumo de combustible en más de un 25%, lo que redefine sustantivamente la estructura de costos. Las pymes que realicen una gestión energética inteligente no solo mitigarán el impacto inmediato, sino que fortalecerán su competitividad en un entorno económico cada vez más exigente y carbono-consciente.

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