Los resultados del SIMCE 2025 en Lenguaje para cuarto básico mostraron un promedio nacional de 276 puntos, dos menos que el año anterior. A primera vista, la cifra podría interpretarse como un pequeño retroceso. Sin embargo, al observar la trayectoria de los últimos años, también se refleja algo más importante: el esfuerzo sistemático que Chile ha venido realizando para fortalecer la comprensión lectora de sus estudiantes.

La comprensión lectora que se evalúa en cuarto básico no comienza en marzo de ese mismo año, ni siquiera en primero básico. De hecho, empieza desde los primeros años de vida, incluso desde la cuna. Antes de que los niños aprendan a decodificar palabras, desarrollan una serie de habilidades lingüísticas y cognitivas que serán fundamentales para comprender textos en la escuela. Por eso, cuando observamos los resultados del SIMCE, en cierto modo también vemos los efectos de lo que ocurrió —o no— en los primeros años de crecimiento.

De esta manera, la Educación Parvularia desempeña un rol clave para el futuro lector del país. Las educadoras de párvulos cumplen un papel  fundamental en este proceso, y los conocimientos que adquieren tanto en su formación de pregrado como en las distintas especializaciones profesionales, pueden marcar una diferencia significativa en las trayectorias lectoras de las infancias.

La investigación ha demostrado que existen habilidades específicas que favorecen el aprendizaje de la lectura y pueden desarrollarse desde los primeros años. Entre ellas se encuentran la conciencia fonológica —es decir, la capacidad de reconocer los sonidos que componen las palabras—, el desarrollo del vocabulario expresivo y receptivo, el conocimiento de las letras y de lo impreso, así como la noción de mundo que permite comprender lo que se lee.

Esto no significa “escolarizar” la educación inicial ni adelantar contenidos propios de la educación básica. Por el contrario, la evidencia muestra que estas habilidades pueden desarrollarse mediante experiencias pedagógicas lúdicas, significativas y explícitas que forman parte natural de las interacciones cotidianas en el aula.

Cuando estas experiencias son abundantes, ricas en lenguaje y ocurren de manera sistemática en los jardines infantiles, los niños desarrollan más instrumentos para afrontar el proceso de aprendizaje de la lectura. Y cuando cuentan con más herramientas lectoras, también aumentan el placer por la lectura y el disfrute de aprender, su curiosidad y acceso al conocimiento.

Si queremos seguir mejorando los resultados de comprensión lectora del país, es necesario mirar más allá del SIMCE. La clave no está solo en lo que ocurre entre primero y segundo básico, sino en lo que sucede mucho antes: de la cuna a los niveles de transición, la calidad de las experiencias de lenguaje que viven los niños en sus primeros años de vida es fundamental.

 

Paulina Pizarro, Académica investigadora, Escuela de Educación Parvularia Universidad de Las Américas

 

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