El Día de la Cero Discriminación no es solo una fecha en el calendario. Es una invitación a detenernos y reflexionar sobre cómo convivimos, nos relacionamos con quienes son distintos a nosotros y qué tipo de comunidad estamos construyendo. En este escenario, las universidades cumplen un rol central, ya que no solo forman profesionales, sino también personas llamadas a aportar a la sociedad desde la responsabilidad, el respeto y el reconocimiento de la dignidad humana como principio fundamental.
Las generaciones que hoy inician su vida universitaria han crecido en un entorno diverso y profundamente interconectado. Las identidades, culturas y trayectorias ya no responden a un único molde; y esa diversidad, lejos de ser una dificultad, constituye una oportunidad para construir espacios universitarios más empáticos, respetuosos e inclusivos. Reconocer la diversidad como parte de la condición humana implica también comprender que cada persona posee un valor propio, independiente de sus características, creencias o experiencias de vida.
La discriminación, sin embargo, no siempre se manifiesta de manera abierta. Muchas veces opera de forma silenciosa, en comentarios que se normalizan, en estereotipos que persisten o en prácticas cotidianas que excluyen a quienes no encajan en lo que se considera “normal”. Estas dinámicas, aunque sutiles, impactan profundamente en la experiencia universitaria y en el sentido de pertenencia de quienes las viven. Frente a ello, el rol de las nuevas generaciones resulta clave. Su disposición a cuestionar conductas heredadas, abrir conversaciones incómodas y promover espacios seguros puede impulsar transformaciones reales y sostenidas en las instituciones de educación superior.
La empatía es un elemento central en este proceso. Escuchar activamente, reconocer experiencias distintas y comprender que no todas las personas parten desde el mismo lugar permite construir relaciones basadas en el respeto mutuo y la justicia. En la vida universitaria, esto se refleja en aulas donde la diferencia es valorada como un aporte, en trabajos colaborativos donde nadie queda fuera y en comunidades que comprenden que la diversidad, el cuidado del otro y la responsabilidad compartida forman parte del bien común.
Como país, hemos sido testigos del impacto de los mega incendios que afectaron a nuestra región, dejando a cientos de familias sin vivienda y en situación de alta vulnerabilidad. Frente a esa tragedia apareció con fuerza un rasgo que nos identifica: la capacidad de organizarnos, colaborar y apoyar sin distinciones. Ese mismo espíritu solidario, presente en los procesos de ayuda, reconstrucción y acompañamiento, es el que debiera orientar una cultura de 0 discriminación. Así como nadie queda fuera cuando se trata de apoyar en momentos de crisis, tampoco debiera quedar fuera cuando se trata de aprender, participar y convivir en la universidad.




















