Jonh Inostroza, Académico Escuela de Pedagogía en Educación Básica, Universidad de Las Américas

En marzo, junto con el reencuentro en las salas de clases, llegan las primeras evaluaciones del año. En la Educación Básica, estas suelen tener un carácter diagnóstico, ya que buscan conocer el punto de partida de los estudiantes, identificar brechas y orientar la enseñanza. Sin embargo, con frecuencia se interpretan como una primera nota o como un indicador definitivo del rendimiento futuro. Allí comienza un riesgo inminente: el transformar una herramienta pedagógica en una fuente de presión.

La evaluación diagnóstica no es una sentencia. Su propósito no es clasificar ni etiquetar, sino entregar información para ajustar la enseñanza al currículum nacional y a las necesidades reales de cada curso. Cuando se comprende que evaluar no es simplemente medir, sino recoger evidencias para mejorar los aprendizajes, el foco cambia. La pregunta deja de ser “¿qué nota se sacó?” y pasa a ser “¿qué necesita para avanzar?”.

En este proceso, el rol de la familia es decisivo. Las expectativas que se transmiten en casa influyen directamente en la disposición con que los niños y niñas enfrentan el año escolar. Altas expectativas son positivas cuando se sostienen en el acompañamiento y la confianza, sin embargo, se vuelven contraproducentes cuando derivan en comparaciones. En los primeros años escolares, la seguridad emocional es la base sobre la cual se construyen los aprendizajes, especialmente en lectura y matemática, áreas prioritarias del currículum.

Acompañar implica conversar sobre los resultados con serenidad, evitar etiquetas como “eres bueno” o “eres malo para…”, y reforzar la idea de que el aprendizaje es un proceso. También supone confiar en que la escuela utilizará esa información para planificar mejor. Cuando el hogar y establecimiento comparten una mirada formativa de la evaluación, el mensaje para los niños es claro: el error no es fracaso, es parte del aprendizaje.

El inicio del año escolar ofrece una oportunidad valiosa. Si las primeras evaluaciones se entienden como una ruta o detección de brechas para mejorar y no como un juicio, se promueve una cultura que valora el progreso por sobre la comparación. En la Educación Básica, donde se construyen las bases del desarrollo académico y personal, transformar el diagnóstico en oportunidad y no en presión es una tarea compartida. Allí comienza, verdaderamente, un buen año escolar.

 

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