José Pedro Hernández, Historiador y académico Universidad de Las Américas

Pasa muy seguido que, cuando conversamos con alguien de fuera de Chile y decimos con toda naturalidad que estamos “pololeando”, nos miran con cara de sorpresa, como si hubiéramos inventado una palabra en ese mismo instante. Y es que, efectivamente, somos los únicos en el mundo que usamos este término para hablar de un noviazgo o una relación de pareja estable. Pero ¿de dónde salió esta expresión tan chilena?

Existen al menos dos versiones, ambas pintorescas y llenas de historia. La primera nos lleva al pueblo mapuche, los cuales en su lengua mapudungun utilizan la palabra “piulliu”, que significa “mosca”. El cómo lo asociamos es simpático, porque al igual que las moscas revolotean alrededor de la fruta, una pareja de enamorados se va dando vueltas, se sigue y no se despega uno del otro. Una imagen tan cotidiana como poética.

La segunda versión nos transporta al Santiago de 1880, cuando las calles apenas se iluminaban con lámparas de parafina. Allí abundaban unos coleópteros verdes que, atraídos por la luz, se acercaban a las velas con insistencia. A estos insectos en Chile se les conoce como “pololos”. La historia cuenta que la Quinta Compañía de Bomberos los adoptó como insignia y que, en tono de juego, los jóvenes voluntarios solteros fundaron la llamada “Orden del Pololo”. Su comandante, don Ignacio Santa María, con toda la solemnidad de la época, presidía esta fraternidad que mezclaba humor, amistad y espíritu juvenil.

El distintivo del grupo era un pequeño pololo verde esmaltado, que se usaba en la corbata o en la solapa de la chaqueta. Y aquí aparece el detalle curioso, antes de que existiera el anillo de compromiso, algunos voluntarios prestaban o regalaban su insignia a la joven que les gustaba. Entonces se escuchaba decir con orgullo “es mi pololo” o “es mi polola”, y poco a poco nació el verbo pololear.

No sabemos con certeza cuál de estas dos historias es la verdadera, o si ambas convivieron hasta mezclarse en el habla popular. Lo cierto es que “pololear” terminó convirtiéndose en una de esas palabras que nos distinguen, que forman parte de nuestra identidad cultural y que, de paso, arrancan una sonrisa de extrañeza a quienes nos visitan.

Así que la próxima vez que alguien de afuera nos pregunte qué significa “pololear”, no solo podremos explicarles que es estar de novios, sino también contarles una de estas curiosas anécdotas. Porque, al final del día, el amor, siempre encuentra sus propias formas de nombrarse.

Que viva el pololeo, tan chileno como el completo o la cueca, y que sigamos revoloteando, orgullosos, alrededor de quienes queremos.

 

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