Desde la Escuela Especial Don Orione de la Fundación Pequeño Cottolengo, cada jornada es  una oportunidad para mirar la educación desde su forma más esencial: el encuentro humano.  Acompañamos a estudiantes que están en el Espectro Autista y, al mismo tiempo, cuentan con  discapacidades intelectuales severas a profundas. Y aunque cada historia es única, hay algo  que se repite en todas las aulas: la necesidad de enseñar sin recetas y de educar desde una  comprensión profunda del otro. 

Quienes trabajamos en contextos de alta dependencia sabemos que los desafíos en aula no  son menores. Muchos de nuestros estudiantes tienen un lenguaje verbal limitado o nulo, lo que  vuelve difícil la expresión de sus necesidades más básicas. Otros se abruman con estímulos  que para muchos son cotidianos: un sonido, una textura, una luz pueden generar reacciones  intensas y difíciles de contener. También observamos conductas repetitivas, rigidez ante los  cambios o la constante búsqueda de sensaciones que les ayuden a autorregularse. 

Enseñar aquí no significa solo entregar contenidos. Significa, antes que todo, crear  condiciones para que el otro pueda habitar el mundo de forma segura, predecible y  significativa. Eso requiere estructura, tiempo, paciencia, materiales adaptados, apoyos  visuales, estrategias de comunicación aumentativa, y, sobre todo, un equipo humano  comprometido. 

Por eso, en la Escuela Especial Don Orine de Pequeño Cottolengo, la labor educativa y  terapéutica no pueden separarse. Trabajamos de manera integrada, articulando el quehacer  de docentes, terapeutas ocupacionales, fonoaudiólogos, psicólogos y asistentes, junto al  acompañamiento fundamental de las cuidadoras y cuidadores. Este trabajo interdisciplinario  nos permite diseñar entornos flexibles, rutinas claras y apoyos personalizados, siempre  centrados en la persona. 

Este tipo de educación no siempre se ve ni se celebra. Por eso queremos recordarla y  visibilizarla en esta semana, cuando la conversación sobre el autismo vuelve a ocupar espacio  en la opinión pública. Porque todavía persisten mitos que duelen: que los niños en el espectro  “no pueden aprender”, que “no se comunican”, que “siempre dependerán de otros”, que “solo  buscan llamar la atención”. Nada más alejado de la realidad, aunque tienen desafíos  significativos, todos los estudiantes tienen habilidades y capacidades que pueden ser  desarrolladas con la intervención y apoyo adecuado; aunque algunos no usen el lenguaje  verbal, muchos buscan comunicarse de otras maneras; con las intervenciones adecuadas,  pueden lograr un grado significativo de independencia, es necesario enseñar y brindar  oportunidades para el autocuidado, evitando la sobre asistencia; las conductas desafiantes,  suelen ser una respuesta a dificultades en la comunicación o la regulación sensorial, no una  forma de llamar la atención.  

Es importante desmitificar estos conceptos y promover una visión más inclusiva y respetuosa  sobre las capacidades y derechos de los estudiantes con TEA y discapacidad intelectual  severa. Porque la inclusión no es un favor, es un derecho. Y la neurodiversidad no es una  barrera, es una forma única y valiosa de habitar el mundo.

Carolina Oñate, Terapeuta Ocupacional Escuela Especial Don Orione – Fundación Pequeño  Cottolengo 

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