En los colegios chilenos conviven diariamente niños con múltiples características, ritmos y formas de aprender. Esa diversidad, que enriquece los espacios educativos, exige que las familias tengan un rol activo en la formación de actitudes inclusivas. Enseñar a respetar a compañeros con síndrome de Down, autismo u otras condiciones no es una conversación aislada: debe formar parte de una comprensión cotidiana de que todas las personas merecen el mismo trato y dignidad.

Así lo explica Ximena Aranda, académica de Terapia Ocupacional de la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar: “La inclusión no es un contenido que se enseña en una clase puntual. Surge cuando valoramos la diversidad como parte natural de la vida. Muchas veces los niños lo comprenden mejor que los adultos; somos nosotros quienes evitamos ciertos temas por temor o desconocimiento”, dice.

Para iniciar estas conversaciones, Aranda recomienda hablar de diferencias cotidianas: intereses, estilos de aprendizaje o características físicas. “Lo importante es construir un discurso respetuoso, sin que esas diferencias se transformen en atributos que desvaloricen a otros. Debemos usar un lenguaje adecuado: ‘persona con autismo’, ‘persona con síndrome de Down’, evitando términos que aún persisten y que no corresponden”, señala.

El ejemplo en casa

La académica de la UNAB subraya que la inclusión comienza observando el comportamiento de los adultos. “Los niños aprenden principalmente a través del ejemplo. Si escuchan bromas discriminatorias o comentarios despectivos, aunque sean sutiles, los incorporan como parte de su conducta cotidiana”, advierte.

Modelar empatía implica acompañar emociones, validar lo que los niños sienten y ayudarlos a reconocer lo que otros podrían estar experimentando en situaciones similares. La convivencia en distintos espacios también es fundamental. “Cuando los niños interactúan con pares diversos, comprenden de manera natural que existen distintos ritmos y formas de participar. La inclusión surge en esas experiencias concretas”, destaca.

Diversidad funcional sin estereotipos

Responder a las preguntas espontáneas de los niños es una oportunidad clave. Según la terapeuta ocupacional, “una forma simple y respetuosa es explicar que todos hacemos las cosas de maneras distintas. Algunos necesitan más apoyo en ciertas tareas, pero eso no los define ni limita su participación”.

Los cuentos infantiles pueden ser aliados para iniciar estas conversaciones. Títulos como “La niña de las abejas”, “Tengo síndrome de Down” o “El gran libro de los superpoderes” presentan la diversidad de manera clara, cálida y cercana.

Señales de alerta en el colegio

Cuando un niño se resiste a compartir con ciertos compañeros, puede tratarse de afinidad, pero también de prejuicio. “Si un niño evita interactuar con alguien solo por su condición, o si aparecen burlas, exclusiones o frases despectivas, es importante indagar en el origen. El castigo por sí solo no corrige la conducta; se necesita diálogo”, enfatiza Aranda.

Asimismo, recomienda abordar estas situaciones junto al colegio y, si corresponde, con profesionales del equipo multidisciplinario: “Es un trabajo conjunto y sostenido. La familia no puede quedar sola, y el colegio tampoco”, subraya.

El uso de lenguaje respetuoso es un pilar básico. “Siempre debemos referirnos por el nombre, no por una característica. Nadie es ‘el niño con…’, eso reduce a la persona a una sola condición”, afirma Aranda.

En el plano institucional, la especialista recuerda que la inclusión debe reflejarse en los proyectos educativos y en la cultura escolar: actividades, talleres y jornadas que valoren la diversidad, garantizando la participación de todos los estudiantes.

En el aula, esto se traduce en la aplicación del Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA), promovido por el Decreto 83 en Chile. “El DUA permite disminuir barreras, adaptando el entorno para que todos aprendan y participen, independientemente de sus necesidades”, concluye la docente UNAB.

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Equipo Prensa
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