José Pedro Hernández Académico e historiador de Universidad de Las Américas
El 19 de marzo de 1818, la historia de Chile estuvo a punto de dar un giro catastrófico. Mientras aún se celebra con orgullo la Batalla de Maipú y el abrazo de O’Higgins y San Martín, rara vez nos detenemos a reflexionar sobre lo cerca que estuvimos de perderlo todo en la sorpresa de Cancha Rayada.
Aquel día, las tropas patriotas, convencidas de que estaban en control, fueron tomadas desprevenidas en plena noche por los realistas al mando de Mariano Osorio. San Martín y O’Higgins, pilares fundamentales del ejército patriota, no lograron coordinarse a tiempo. La confusión reinó en el campo de batalla y el resultado fue una derrota aplastante. En el caos, O’Higgins cayó herido de un balazo en el brazo. La retirada fue inevitable y el impacto anímico devastador.
Para los patriotas, Cancha Rayada fue un golpe durísimo. Veníamos de proclamar la Independencia el 12 de febrero de ese mismo año, creyendo que el proceso de liberación ya estaba encaminado. Sin embargo, aquella noche nos recordó que la libertad como nación no se firma en un papel, sino que se gana en el campo de batalla con sangre y sacrificio. Las pérdidas fueron enormes: 120 hombres, 24 cañones y el sueño momentáneamente frustrado de un Chile libre.
Y es aquí donde la historia se pone aún más interesante. Cuando hablamos de la batalla de Maipú, muchos se preguntan por qué O’Higgins aparece al final del combate con el brazo vendado, sin haber luchado. La respuesta está en Cancha Rayada. Su herida lo dejó fuera de combate en la gran batalla final del 5 de abril, aunque su papel político y simbólico fue clave en la consolidación del triunfo.
Pero hay algo más profundo en todo esto. Cancha Rayada no fue solo una derrota militar, fue un punto de inflexión. Fue en este momento crítico cuando las tropas que se salvaron, bajo el mando de Juan Gregorio de Las Heras, lograron reorganizarse. Y fue ese esfuerzo, esa resiliencia, lo que permitió que semanas después, en Maipú, las fuerzas patriotas lograran la victoria definitiva.
La historia es sabia y nos deja lecciones valiosas. La Independencia de Chile no fue un camino de gloria constante, sino una lucha llena de caídas y levantadas. La sorpresa de Cancha Rayada nos recuerda que incluso en los momentos más oscuros, la determinación puede cambiar el destino de una nación. Sin esa derrota, quizás no habríamos tenido la victoria. Y sin Maipú, tal vez Chile no habría sido libre.