Yeisy López P. · Directora · John John High School
Magíster en Liderazgo y Gestión Educativa · Universidad Diego Portales
Diplomada en Convivencia y Mediación Escolar · Universidad Andrés Bello
Siempre he creído que la educación puede ampliar las posibilidades de un niño y ayudarlo a descubrir cuánto puede aportar a los demás. Esa convicción está en mi decisión de ser profesora y también en el camino que hemos construido en John John. Hoy encuentra una expresión concreta en nuestro Modelo de Convivencia Educativa e Inclusión, nacido de la experiencia y de un trabajo que hemos aprendido a sostener juntos.
Después de la pandemia enfrentamos dificultades que nos hicieron revisar cómo estábamos acompañando a nuestros estudiantes y cuidando nuestras relaciones. De la mano de nuestra fundadora y sostenedora y del Equipo de Gestión, comenzamos a buscar respuestas. Hubo conversaciones difíciles, estrategias que debimos ajustar y preguntas que nos impulsaron a seguir estudiando. Quienes acompañan comunidades educativas conocen ese esfuerzo, muchas veces silencioso, detrás de cada avance.
A veces sentimos que remamos contra la corriente. Pero nuestros niños vuelven cada mañana y necesitan que sigamos buscando. Por eso nos preparamos, nos perfeccionamos y aprendemos de otros. La lectura y los aportes de la academia nos ayudaron a ampliar la mirada. La experiencia cotidiana nos permitió reconocer qué necesitábamos transformar. Fuimos encontrando respuestas al poner ambos aprendizajes en diálogo con nuestra realidad.
En ese recorrido volvimos a nuestro Proyecto Educativo Institucional. Allí estaban nuestra identidad cristiana, la educación personalizada e integral y el propósito de formar líderes positivos. Nos correspondía darles mayor presencia en la vida del colegio: en cómo enseñamos, en cómo escuchamos y en la forma de acompañar a quien necesita ayuda. Desde allí orientamos nuestros esfuerzos hacia un propósito compartido.
Comprendimos que debíamos dar a la convivencia educativa el mismo valor que al aprendizaje académico. Aprender a escuchar, autorregularse, asumir responsabilidades y reparar un daño requiere enseñanza y acompañamiento. Necesitamos tiempo y preparación para enseñarlos y oportunidades para practicarlos durante toda la trayectoria escolar.
Al buscar dónde enseñar estos aprendizajes, encontramos una oportunidad en las horas pedagógicas de “Religión”, para nosotros de Educación Cristiana. Este espacio nos permitía formar en valores desde nuestra identidad y el ejemplo de Jesús: llevar el respeto, el amor al prójimo, la inclusión y el servicio a situaciones cotidianas, como escuchar a un compañero, acoger a quien necesita ayuda o reparar una ofensa.
Desde allí desarrollamos nuestros programas de estudio propios de Educación Cristiana, aprobados por el MINEDUC, con objetivos y una progresión acorde con cada etapa. Quisimos que esos valores pudieran expresarse en acciones compartidas por toda la comunidad, respetando las distintas creencias de nuestras familias. Aprender a convivir necesitaba un tiempo de enseñanza y un vínculo con la vida de nuestros estudiantes.
Esa necesidad nos llevó a crear los libros formativos institucionales, para acompañar las clases con actividades y reflexiones que ayudaran a llevar lo aprendido a la práctica. Así fuimos pedagogizando la convivencia. El Plan de Gestión de Convivencia Educativa e Inclusión conecta esta enseñanza con las experiencias comunitarias y el abordaje de los conflictos.
También hemos aprendido a mirar con mayor atención las necesidades de cada estudiante. Conocer su historia y comprender lo que está viviendo nos ayuda a ofrecer apoyos pertinentes. Que cada niño sea conocido, acompañado y valorado exige cercanía, coordinación entre los adultos y una alianza de confianza con las familias.
Nuestros niños han sido siempre la mayor inspiración. Queremos que encuentren un entorno seguro y feliz, donde puedan aprender y descubrir sus capacidades. Que el buen trato, la bondad y la alegría se sientan durante todo el día, también cuando hay una dificultad. En ese propósito se encuentran el trabajo de nuestros docentes y asistentes, el acompañamiento de las familias y las decisiones que asumimos como equipo.
Y eso hay que cuidarlo. Hay que cuidarlo mucho. Una cultura necesita atención cotidiana: escuchar a tiempo, conversar lo que incomoda, sostener límites con respeto y actuar cuando alguien resulta dañado. Cuidarla también nos exige revisar nuestras propias prácticas y acompañar a quienes tienen la tarea de educar. Lo que hemos construido juntos nos compromete a ser coherentes, especialmente en los momentos difíciles.
Hoy, nuestro modelo reúne ese recorrido en una tarea permanente de formación, prevención, promoción, práctica, reparación, restauración y evaluación. Al mirarlo, reconozco el valor de las conversaciones, del estudio y de tantas personas que han puesto sus capacidades al servicio de nuestros estudiantes. Haber encontrado este camino nos permite seguir avanzando con mayor claridad, abiertos a aprender y mejorar.
Creo que esa experiencia merece ser compartida. En ella vuelve a cobrar sentido la razón por la que elegí educar: ofrecer a nuestros niños más oportunidades para crecer y contribuir a la vida de otros. En John John hemos encontrado una manera de darle vida a esa convicción. Nos corresponde seguir construyéndola y cuidándola, juntos, cada día.
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