Señales de alerta
El quiebre suele manifestarse en conductas que pasan desapercibidas: miedo excesivo a equivocarse, frustración desmedida ante un error o cambios abruptos en el ánimo tras una competencia. “Cuando el deportista empieza a asociar su valor personal al rendimiento —frases como ‘no sirvo’ o ‘decepcioné a mis papás’—, ya no estamos hablando solo de desempeño deportivo, sino de un impacto directo en su bienestar emocional”, explica Ortiz.
Desde la evidencia, la llamada “presión percibida” resulta clave. “No importa tanto lo que el adulto cree que está transmitiendo, sino cómo el niño lo interpreta. Aunque la intención sea positiva, si el mensaje se vive como exigencia, el efecto es negativo”, sostiene.
Estudios en psicología del deporte muestran que la alta presión parental se asocia a mayores niveles de ansiedad competitiva y al abandono deportivo temprano. Investigaciones internacionales estiman que cerca del 30% de los jóvenes deja el deporte, siendo la presión externa uno de los factores más mencionados. En contraste, los entornos motivacionales orientados a la tarea —esfuerzo, aprendizaje y mejora personal— presentan mayores índices de compromiso y disfrute.
El resultado no define a la persona
Para la especialista, uno de los errores más frecuentes es centrar la experiencia deportiva en algo que el niño o joven no controla completamente. “El resultado no depende al 100% del deportista. Cuando ponemos el foco ahí, aumentamos la frustración y el miedo al error, lo que termina afectando incluso la performance”, afirma.
Ortiz aclara que desear ganar es parte inherente del deporte y no constituye un problema en sí mismo. “Lo negativo es cuando el resultado se transforma en una medida de valía personal o en una condición para recibir aprobación. Paradójicamente, mientras más presión ponemos para que el resultado ocurra, más se aleja, porque para rendir de manera consistente el foco debe estar en el disfrute y la atención al juego”, dice la académica de la UNAB.
Familia como educadora emocional
La influencia familiar es innegable y va mucho más allá del apoyo logístico. Cada gesto, comentario o reacción tras una competencia transmite mensajes que el niño internaliza. “La familia educa emocionalmente en cada partido. Enseña a ganar, pero sobre todo a perder”, recalca la directora académica del Instituto del Deporte y Bienestar UNAB.
Cuando el clima familiar se ve condicionado por el marcador —celebración si se gana, silencio o tensión si se pierde—, el mensaje es claro. “Ahí el niño aprende que el afecto depende del resultado, y eso impacta directamente en su motivación y confianza”, agrega.
Claves para un apoyo saludable
Entre las principales recomendaciones, Ortiz enfatiza reforzar el esfuerzo por sobre el resultado y separar rendimiento de identidad. “El niño no es su desempeño. Es una persona que está aprendiendo”, subraya. También llama a evitar convertirse en “entrenador desde la tribuna”: “El rol de madres y padres es ser modelo y soporte emocional, no dar instrucciones técnicas ni corregir”.
Regular los comentarios posteriores a la competencia, fomentar la autonomía y cuidar el lenguaje son otras claves fundamentales. “Transmitir un ‘estoy contigo independiente del resultado’ genera seguridad y fortalece la motivación intrínseca”, añade.
Como planteaba Carl Rogers, las personas crecen cuando se sienten valoradas por quienes son. En el deporte, ese principio puede marcar la diferencia entre un niño que disfruta y uno que aprende a temer. Porque, al final, no se trata solo de formar deportistas, sino personas para la vida.





















