Hay episodios de la historia que parecen ficción, pero no lo son. Y uno de ellos, muy poco conocido, casi incómodo, ocurrió mientras el mundo ardía en la Segunda Guerra Mundial. En esos años en que Europa se desmoronaba y el Pacífico se volvía un tablero estratégico, nuestro país, oficialmente neutral, vivía sus propios temores y tomaba decisiones que hoy resultan difíciles de creer.
Porque sí, aunque no se crea, hubo un momento en que Chile consideró vender Isla de Pascua. Y no precisamente a cualquiera.
A fines de la década de 1930 y comienzos de los 40, el país enfrentaba dificultades económicas, deudas externas y la compleja administración de territorios lejanos. Rapa Nui, anexada en 1888, era vista más como un problema que como un activo, esto por lo distante, costosa y escasamente conectada que está con el continente.
Mientras tanto, el mundo se reconfiguraba a la fuerza. El Imperio Japonés avanzaba por el Pacífico, inquietando a Estados Unidos, y la Alemania Nazi proyectaba su poder más allá de Europa. En ese contexto, las islas adquirían un valor militar clave. Chile lo tenía claro y también sabía que no estaba en condiciones de defender Rapa Nui.
Es ahí que surge lo impensado.
En conversaciones discretas, distintos gobiernos evaluaron vender o ceder la isla. No fue un simple rumor, ya que efectivamente existieron contactos con potencias como Estados Unidos, Japón, Reino Unido e incluso la Alemania Nazi. La lógica era tan pragmática como cruda, si no podemos defenderla, mejor transferirla y aliviar las finanzas.
Japón aparecía como un interesado evidente. Su expansión a Rapa Nui convertía la isla en un punto estratégico ideal para el control y abastecimiento en el Pacífico. No era un capricho, era geopolítica pura. También hubo acercamientos con Alemania, lo que hoy resulta incómodo, pero en ese momento las decisiones respondían más a criterios estratégicos que morales.
La tensión no era menor. Mientras en el norte de Chile se reforzaban defensas ante un posible ataque japonés, por la exportación de cobre y otros minerales a Estados Unidos, en los escritorios se discutía desprenderse de un territorio propio.
La contradicción es evidente, defender el continente, pero considerar ceder una isla.
Finalmente, nada de esto ocurrió. Rapa Nui no se vendió. Las negociaciones no prosperaron, ya sea por desacuerdos o por el propio curso de la guerra. Nuestra nación terminaría vinculándose con los Aliados y, el 13 de abril de 1945, declararía la guerra a Japón.
Pero la pregunta queda abierta: ¿qué habría pasado si Japón instalaba una base en la isla? ¿o si quedaba bajo otra soberanía?
Como vemos la historia no es lineal. Está hecha de decisiones que pueden cambiarlo todo. Y esta, la vez en que se consideró vender Rapa Nui, es sin duda, una de ellas.
José Pedro Hernández Historiador y académico Facultad de Educación Universidad de Las Américas



















