José Cortés de Madariaga. Probablemente, leer ese nombre, no dice mucho. No aparece en los libros escolares con la frecuencia de otros próceres de la patria, ni su figura ocupa estatuas en nuestras plazas. Pero qué curioso es el destino, pudo haber sido, perfectamente, uno de los grandes nombres de la independencia de Chile.
Y, sin embargo, la historia, caprichosa como pocas, decidió otra cosa.
Madariaga fue sacerdote, chileno y contemporáneo de figuras como Bernardo O’Higgins. Un hombre formado, inquieto y profundamente comprometido con las ideas de libertad que comenzaban a sacudir América. Pero su momento más decisivo no ocurrió en Santiago, sino en Caracas, en una escena que parece sacada de una obra de teatro.
Era el 19 de abril de 1810. El ambiente estaba tenso. El gobernador español Vicente Emparan enfrentaba un cabildo abierto que cuestionaba su autoridad. En un gesto que parecía seguro, salió al balcón del ayuntamiento y preguntó al pueblo si querían que continuara gobernando. Silencio. Dudas. Temor.
Y ahí aparece Madariaga. A espaldas de Emparan, casi como un director de escena invisible, comenzó a hacer gestos con su brazo, incitando al pueblo a responder. La señal fue clara. La multitud, que segundos antes dudaba, estalló: “¡No lo queremos!”. Emparan, desconcertado, respondió con una frase que quedaría para la historia: “Pues yo tampoco quiero mando”. Y renunció en ese mismo instante.
Un gesto. Un movimiento de brazo. Y el inicio de la independencia de Venezuela.
Pero la historia de Madariaga tiene otro giro igual de sorprendente. No llegó a Caracas por convicción inicial, sino por un accidente del destino. Nacido en Santiago en 1766, viajó a España, donde entró en contacto con las ideas emancipadoras de Francisco de Miranda, uno de los grandes precursores de la independencia americana y estrechó vínculos con figuras como Bernardo O’Higgins. No volvía como un simple sacerdote, sino con una misión clara, impulsar en Chile el espíritu independentista que ya comenzaba a gestarse en el continente. Sin embargo, en su viaje de regreso, una tormenta desvió su embarcación hacia las costas venezolanas, cambiando para siempre el rumbo de su vida y, de paso, el de la historia.
Así, literalmente empujado por el viento, terminó convirtiéndose en protagonista de un proceso revolucionario fuera de su patria.
En Caracas encontró no solo un nuevo destino, sino también una causa. Se vinculó con líderes independentistas y se transformó en una figura clave del movimiento. Sin embargo, como suele ocurrir con los hombres incómodos, su carácter firme lo llevó a enfrentarse incluso con Simón Bolívar, lo que terminó por marginarlo y enviarlo al exilio.
Sus últimos años fueron duros. Lejos del poder, lejos del reconocimiento, viviendo en condiciones precarias hasta su muerte en 1826. Un final silencioso para quien alguna vez agitó a todo un pueblo con un simple gesto.
Queda entonces la pregunta inevitable: ¿qué habría pasado si esa tormenta no hubiese cambiado su rumbo? ¿habría sido Madariaga uno de los padres de la independencia de Chile?
Nunca lo sabremos.
Pero lo cierto es que, gracias a ese giro del destino, un chileno terminó siendo protagonista del nacimiento de otra república. Y quizás ahí está la lección más interesante, la historia no siempre la escriben los más recordados, sino también aquellos que, en el momento preciso, supieron hacer una señal a tiempo.
José Pedro Hernández Historiador y académico Facultad de Educación Universidad de Las Américas





















