En diálogo con la Agencia de Noticias Científicas, César Lenci, licenciado en Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de San Martín, explica: “En Argentina nunca se dejó de explicar la letra cursiva, pero tampoco estaba explícita su enseñanza en el diseño curricular por el que se rigen las escuelas. En años anteriores se había flexibilizado la exigencia sobre el tipo de letra y se había priorizado que los alumnos escribieran como pudieran. Este año la cursiva volvió como un tema trascendental ya que el diseño curricular tiene influencias de la ‘pedagogía neuronal’”. Este tipo de disciplina busca mejorar el aprendizaje basándose en cómo funciona, aprende y recuerda el cerebro.
En esta línea, el neurocientífico Andrés Rieznik relata la Agencia: “No hay evidencia contundente sobre si hay que dar cursiva o no en las aulas, como sí la hay en favor de que hay que enseñar fonéticamente el sonido de las letras de manera sistemática y gradual. En lo particular, tiendo a pensar que la cursiva es buena porque ayuda a la generalización, a entender el concepto de fonema (sonidos) o de que la correspondencia de cada grafema (es decir, letras) con el fonema no es única y puede haber varias letras para un sonido”. Como sucede con el caso de la s, la c y la z.
Así, al tener trazos más fluidos que la imprenta, la cursiva podría favorecer esa idea de continuidad más que de letras aisladas. Además, este tipo de escritura puede favorecer la memoria motora ya que incluye movimientos repetitivos. “De hecho, la cursiva fue inventada para escribir sin levantar el papel. Entonces, puede presentar ventajas pero no hay estudios contundentes al respecto”, aporta Rieznik.
De lo que sí hay artículos a favor es de la escritura a mano en general. Por ejemplo, un estudio de la Universidad de Noruega publicado en la revista Frontiers reveló que redactar a mano aumenta la conectividad entre diferentes regiones del cerebro, lo que disminuye con el uso del teclado. Esto, a su vez, favorecía la retención y procesamiento de información, la comprensión y la lógica, así como también fortalecía la motricidad fina y la atención.
Asimismo, en un estudio llevado adelante por la neurocientífica Karin Harman James se enseñó a niños (que aún no habían aprendido a leer) a escribir a mano o en un teclado. Posteriormente, se les mostró imágenes de letras y descubrieron que en aquellos que habían aprendido a redactar a mano, las áreas cerebrales activadas eran similares a las que se activan cuando los adultos leen, un patrón que no se observaba en los niños que solo habían aprendido a escribir a en la computadora. Estos resultados, junto con otras pruebas de comportamiento, sugirieron que escribir a mano mejora la capacidad de los niños para reconocer letras y números.
Con todo esto, la discusión que se da a nivel mundial es hasta qué punto incluir la escritura a mano a la vez que se impulsa la alfabetización digital y el aprendizaje de herramientas como la inteligencia artificial. “En verdad, no sé si las pantallas son el problema; de hecho, el diseño curricular nacional promueve su uso. El tema es que la cursiva ya no tiene un uso extendido: tanto el internet como los libros utilizan la imprenta”, manifiesta Lenci. A esto, el especialista suma que la discusión sobre el uso de la imprenta tapa una dificultad aún mayor: la comprensión. Así lo detalla: “Una cosa es copiar los fonemas que forman las palabras y otra comprender aquello que se escribe. Me parece más importante que los pibes estén alfabetizados y puedan entender un texto, más allá del tipo de letra”.
Y agrega: “Ese es el tipo de estudio que necesitamos tener, donde hagamos un control exclusivo de la cursiva. Es un debate candente que deberíamos resolver a través de experimentos y observaciones, y no de ideologías“.
Fuente: Agencia Unq





















