Durante mucho tiempo se entendió la educación como una etapa acotada de la vida: estudiar una carrera, obtener un título y ejercer durante décadas con esos conocimientos. Ese paradigma ya no existe. Los tiempos han cambiado y, también lo ha hecho, la forma en que aprendemos, trabajamos y nos desarrollamos como personas.
Hoy, una carrera profesional es solo el primer peldaño. El conocimiento avanza a un ritmo acelerado, las tecnologías transforman permanentemente los entornos laborales y las trayectorias personales ya no son lineales. En ese contexto, la educación continua deja de ser un complemento y se convierte en una necesidad. Estudiar ya no es algo que ocurre solo al inicio de la vida adulta, sino un proceso que acompaña a las personas a lo largo de toda su trayectoria.
Esta realidad se manifiesta tanto en el ámbito laboral como en el desarrollo personal. Muchas veces, en el ejercicio profesional o en un emprendimiento, las personas se dan cuenta de que necesitan un nuevo conocimiento, una certificación específica o una actualización que les permita seguir avanzando. Ahí aparece la educación continua como una respuesta concreta a esas brechas que van surgiendo con el tiempo.
Sin embargo, no todos enfrentan las mismas condiciones para acceder a esta formación permanente. A nivel país, uno de los principales obstáculos sigue siendo la brecha tecnológica, especialmente en personas mayores o en quienes no crecieron en entornos digitalizados. En una sociedad altamente tecnologizada, donde incluso la información puede ser manipulada o distorsionada, quedar al margen del mundo digital no solo limita el acceso al aprendizaje, sino también la participación social informada.
Por eso, pensar la educación continua implica asumir un desafío intergeneracional. No se trata solo de ofrecer más programas, sino de generar condiciones reales para que distintas personas, en diferentes momentos de su vida, puedan integrarse, aprender y adaptarse a los cambios. Esto es especialmente relevante en un contexto donde la transformación digital y la inteligencia artificial están redefiniendo la forma en que trabajamos, nos informamos y tomamos decisiones.
Para que la educación continua tenga un impacto real en la calidad de vida, la empleabilidad y la participación social, es clave que sea compatible con la vida cotidiana. Trabajo, familia y estudio deben poder coexistir. Las personas no abandonan el deseo de aprender, pero sí enfrentan limitaciones de tiempo, energía y recursos. La flexibilidad, la pertinencia y el sentido práctico de los aprendizajes se vuelven fundamentales.
Más allá de lo laboral, la educación a lo largo de la vida también cumple un rol profundo en el desarrollo personal. Existen personas que deciden retomar estudios no para ejercer una nueva profesión, sino para cumplir un desafío pendiente, para crecer intelectualmente o para cerrar una etapa vital. Ese valor no siempre se mide en indicadores económicos, pero tiene un impacto directo en la autoestima, la autonomía y la integración social.
Claudio Apablaza Vicerrector de Sede Santiago Universidad de Las Américas, UDLA





















