Por estos días, hablar con casi cualquier persona en Chile es encontrarse con una idea persistente: “antes estábamos mejor”. Es una sensación colectiva que se escucha en la calle, en la micro, en la sobremesa familiar y también en las campañas presidenciales. No obstante, ese “antes” rara vez tiene una fecha clara. No es 1990, ni 2000, ni 1975. Es un pasado sin tiempo, más imaginado que vivido, un territorio borroso al que se vuelve una y otra vez porque el presente se percibe incierto y complejo.

Diversas encuestas de opinión confirman esta sensación. El estudio “ICSO-UDP Clima Social 2025”, por ejemplo, nos muestra un país donde el 94% asocia la convivencia social actual con palabras negativas, donde la preocupación (50%) seguida de la decepción (46%) se presentan como emociones predominantes. A esto se suma un dato elocuente: el 71% cree que la convivencia ha empeorado en solo cinco años. De manera complementaria, el informe Ipsos “¿Está mejorando la vida? 1975 v/s 2025” revela que un 39% de los chilenos preferiría haber nacido en 1975 antes que hoy, pues identifican en dicha época ciertos valores inmateriales que se sienten perdidos en el presente, como la sensación de seguridad en las calles (64% mejor en 1975) o la calidad del medio ambiente (66% mejor en 1975).

No se trata solo de pesimismo. En el Chile actual, casi dos tercios de la población nació después de 1975, por lo que hablamos de una nostalgia colectiva que no calza con la experiencia histórica real. En términos simples, estamos añorando un pasado que, en la gran mayoría de los casos, no vivimos.

Esta mezcla de inquietud acerca del presente y un anhelo por un pasado visto como más seguro, más amable y cohesionado (aun cuando no haya existido en realidad), es lo que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman llamó retrotopía: la tendencia a refugiarse en un pasado idealizado, especialmente cuando el futuro parece difuso o amenazante. La retrotopía no es solo nostalgia, sino un síntoma social de un problema mayor: expresa la distancia entre los avances objetivos que ha tenido una sociedad (lo que dicen los datos) y la experiencia subjetiva de las personas en su vida cotidiana. El mismo estudio de Ipsos muestra que, aunque añoramos 1975, reconocemos que hoy tenemos mejor educación, mejor salud y mejor nivel de vida que hace cincuenta años. Por lo tanto, no es que el pasado sea realmente mejor, sino que el presente, para muchos, no se siente suficientemente habitable.

Un elemento que suele pasar inadvertido en esta discusión es la forma en que se presenta la historia en el sistema escolar. Por décadas, la escuela ha transmitido una versión del pasado donde predominan los hitos heroicos, la épica republicana y la idea de un país que avanza hacia la modernidad. En ese relato, el pasado aparece como algo homogéneo y libre de tensiones. No es que sea falso, pero sí es parcial. Junto con nuestros éxitos, triunfos y avances, ¿Dónde están las fracturas sociales, los conflictos, los miedos cotidianos que han acompañado nuestro devenir como sociedad? ¿Dónde queda la violencia política que sí marcó buena parte del siglo XX?

Cuando el pasado escolarizado se presenta como un mundo estable, con héroes claros y certezas compartidas, se vuelve tentador contrastarlo con un presente que se percibe como desbordado y caótico. El resultado es un terreno fértil para la retrotopía, pues si la enseñanza de la Historia no logra ofrecer una narrativa compartida, crítica y funcional para la ciudadanía, se abre una brecha que es llenada por una memoria histórica mitificada.

Lo que falta no es más pasado, sino más historicidad: enseñar cómo las sociedades cambian, cómo enfrentan las crisis que las afectan, cómo disputan sentidos, cómo construyen y deshacen sus vínculos. En otras palabras, la enseñanza de la historia -esa que muestra complejidades en vez de postales- necesita menos idealización y más comprensión crítica.  Una historia escolar más honesta, más compleja, más humanizada podría ofrecer herramientas para enfrentar la incertidumbre actual sin necesidad de inventar un “ayer perfecto”. Solo así la historia escolar puede ayudarnos a comprender las tensiones propias de nuestro pasado y a imaginar futuros posibles que no dependan de idealizar lo que ya pasó.

Idealizar el pasado puede ser reconfortante, pero también puede ser peligroso. Cuando un país deposita su esperanza exclusivamente en lo que fue -o en lo que cree que fue- empieza a renunciar a lo que puede llegar a ser. El desafío no es recuperar un Chile que “perdimos”, porque ese Chile probablemente nunca existió. El desafío es construir un futuro que no necesite ser compensado con nostalgia. Y eso requiere no solo mejores políticas públicas, sino también una memoria colectiva más crítica y una historia mejor contada.

 

Mauricio Arce Argomedo
Académico Pedagogía en Historia y Geografía
Universidad Católica Silva Henríquez

 

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