Hay fechas que se graban a fuego en la memoria de nuestro país, no solo por lo que ocurrió en el campo de batalla, sino por lo que representa para el alma nacional. El 5 de abril de 1818 es una de ellas. Ese día, en Maipú, no solo se libró una de las más decisivas batallas por la Independencia, sino que también se selló un destino, el de un Chile libre.
El contexto no era alentador. Apenas unas semanas antes, el ejército patriota había sufrido una dura derrota en la Batalla de Cancha Rayada. Fue una sorpresa dolorosa, que obligó a los independentistas a replegarse y reorganizarse en medio de la incertidumbre. Bernardo O’Higgins, herido en ese combate, debió ceder el liderazgo de las fuerzas a José de San Martín, general argentino, cuya visión iba más allá de liberar a Chile de los españoles, soñaba con un continente libre.
Mientras tanto, los realistas, comandados por el general Mariano Osorio, se acercaban a Santiago con la intención de recuperar el control del país. Creían que, tras la victoria en Cancha Rayada, los independentistas no estarían en condiciones de resistir otro embate. Pero se equivocaron.
San Martín logró reagrupar al ejército patriota en tiempo récord. En los alrededores de Maipú, al poniente de la capital, dispuso a sus tropas en una posición estratégica. El 5 de abril, al amanecer, se inició el combate. Fue una batalla intensa, con momentos de fuerte resistencia por parte de los realistas. Pero hacia el mediodía, el empuje de los patriotas terminó por desarticular al ejército español, obligándolo a retirarse de manera definitiva.
Con esta victoria, el camino hacia la Independencia quedó despejado. El ejército español ya no tendría la capacidad de volver a tomar Chile. El resultado marcó el principio del fin para la presencia colonial en el país.
La derrota realista no solo fue militar, sino también simbólica, el sueño imperial se quebraba frente a la voluntad de Independencia. Y en medio de ese escenario, ocurrió una de las escenas más emotivas de nuestra historia, en la que Bernardo O’Higgins, aún convaleciente, llegó cabalgando al campo de batalla. Buscó a San Martín, lo abrazó con fuerza y le dijo: “¡Gloria al salvador de Chile!”. Ese gesto, sencillo y profundo, quedó grabado como el “Abrazo de Maipú”. Fue más que un saludo entre generales, fue el símbolo de unidad en la lucha, de un propósito común, de la hermandad entre pueblos.
Ese mismo día, O’Higgins prometió construir un templo en honor a la Virgen del Carmen, agradecido por lo que consideró su protección durante la batalla. Años después, esa promesa se concretó con la construcción del Templo Votivo de Maipú, ubicado precisamente en el lugar donde se libró el combate.
La Batalla de Maipú no fue solo una victoria militar, consolidó la Independencia de Chile, aseguró la retirada del poder colonial español y confirmó que la causa patriota podía avanzar sin retorno.