La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos ha reabierto el debate sobre las razones que explican la acción militar estadounidense en Venezuela. Los fundamentos más recurrentes apuntan a tres factores: la lucha contra el narcotráfico, el cambio de régimen político y el control del petróleo venezolano. Aunque estos elementos están presentes, es el petróleo el que sigue estructurando de manera decisiva esta intervención.

Ahora bien, poner el acento en el petróleo no implica recurrir al viejo cliché del “patio trasero”, ni asumir que Estados Unidos actúa simplemente apropiándose de los recursos de otros países. Washington no necesita el petróleo venezolano para abastecerse. Por el contrario, hoy es el mayor productor de petróleo del mundo y, en los hechos, es energéticamente autosuficiente. Consolidar esa condición ha sido una prioridad política, especialmente durante el trumpismo, sintetizada en el lema “drill baby drill”. 

Entonces, ¿por qué el petróleo venezolano importa tanto?

La respuesta no está en Caracas, sino en Beijing. La principal amenaza existencial para Estados Unidos no es un dictador caribeño al mando de un régimen socialista, sino la posibilidad de que China se convierta en la primera potencia económica mundial. En ese marco, el petróleo venezolano no es solo un recurso energético, sino un activo geoeconómico clave para asegurar su lugar de primacía en el mundo.

Estados Unidos no se opone a que China compre petróleo venezolano. Lo que no acepta es que lo haga fuera de su intermediación y de sus reglas. Por eso, cuando Trump afirmó que el régimen de Maduro le “robaba” el petróleo, no hablaba literalmente. Lo que estaba en juego era la pérdida de control sobre el flujo de un recurso estratégico que facilita el crecimiento de China. 

Este punto es crucial si se recuerda que varias refinerías estadounidenses, especialmente en el sur del país, están diseñadas principalmente para procesar el crudo pesado del Orinoco. Venezuela no es solo un productor; es parte de una cadena industrial que Estados Unidos considera estratégica.

Desde esta perspectiva, el petróleo venezolano es tan importante como el Canal de Panamá. Ambos son nodos críticos para la hegemonía estadounidense en el Caribe. No es casual que Washington haya presionado recientemente para revertir las concesiones del canal en manos de empresas hongkonesas, ni que las tarifas más altas de su política comercial estén dirigidas contra China.

La captura de Maduro debe leerse dentro de esta lógica. Forma parte de una estrategia más amplia, formalizada en la Estrategia Nacional de Seguridad de Estados Unidos, que prioriza las zonas de influencia y la consolidación del control en su propio vecindario. En este marco, el Caribe, donde también se encuentran Colombia y Cuba, es central.

El despliegue naval estadounidense en esa región, incluido el traslado de activos estratégicos desde otros teatros, no es una señal de expansión global, sino de repliegue estratégico. Es decir, Trump entiende que la competencia con China no se ganará a través de un conflicto armado en el Asia-Pacífico, sino asegurando su hegemonía en casa.

Reducir la captura de Maduro a una cruzada moral contra el narcotráfico o a un gesto democratizador es insuficiente. El petróleo venezolano sigue siendo una pieza clave en la disputa por el liderazgo económico mundial. Ignorar esa dimensión es perder de vista el verdadero tablero en el que se juega esta crisis.

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Equipo Prensa
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