En medio de la devastación provocada por los incendios forestales que han azotado al centro sur de Chile, miles de familias se han visto forzadas a abandonar sus hogares, perdiendo no solo bienes materiales, sino también rutinas y espacios de seguridad.

En este contexto, los niños y niñas son quienes enfrentan con mayor vulnerabilidad la desorganización emocional y el impacto traumático de estas catástrofes. Sin embargo, en medio del caos, la lectura puede convertirse en un gesto de contención, en un puente hacia la esperanza y la reconstrucción interior.

Leer en situaciones de emergencia no es un lujo ni una actividad decorativa. Es un acto profundamente humano que ofrece pausas necesarias a la incertidumbre, espacios simbólicos para nombrar lo incomprensible y horizontes para imaginar futuros posibles.

Los libros, especialmente en la infancia, son territorios donde los afectos encuentran palabras, donde los miedos se representan con distancia y donde la imaginación permite crear refugios que, aunque simbólicos, sostienen el alma. Como bien plantea la especialista francesa Michèle Petit (2021), “la lectura es una forma de resistencia, una manera de afirmarse como sujeto en medio de las ruinas”.

Pero este efecto reparador de la lectura no ocurre por casualidad. Es necesario generar espacios seguros, afectivos y acompañados donde las niñas y niños puedan reencontrarse con los libros. Esto implica, por ejemplo, que las escuelas, bibliotecas, albergues y comunidades educativas articulen acciones para facilitar el acceso a textos que no solo entretengan, sino que dialoguen con las emociones y vivencias del momento. Libros álbum, cuentos con estructuras repetitivas, historias de resiliencia o simplemente textos que inviten a imaginar, pueden ser una herramienta invaluable para volver a mirar el mundo con otros ojos.

Desde la mirada diversificada este llamado adquiere aún más fuerza. Niños con necesidades de apoyo requieren que esta mediación lectora se diseñe desde la diversidad. La lectura debe ser accesible: con apoyos visuales, materiales multisensoriales, textos en formatos aumentativos o pictográficos, y lo más importante, con adultos que escuchen, contengan y validen. Porque leer también es incluir.

En tiempos donde la emergencia parece borrar lo esencial, sostener la lectura como práctica pedagógica, emocional y social, es una manera de volver a sembrar vínculos, palabras y futuro. Llevar libros a los niños y niñas afectados no es solo brindar cultura, es entregar consuelo, identidad y posibilidades.

Francisco Pérez, Académico Escuela de Pedagogía en Educación Diferencial, Universidad de Las Américas.

 

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