Conmemorar el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil cada 2 de abril tiene como propósito motivar la lectura al mismo tiempo que detenernos a mirar cómo estamos acompañando el desarrollo lector de niños, niñas y jóvenes.

La alerta sobre la disminución del interés por la lectura plantea desafíos relevantes para Chile, si bien el problema se extiende más allá de nuestras fronteras. Pese a que los resultados del SIMCE 2024 muestran una recuperación en lectura en niveles iniciales, especialmente en cuarto básico, este avance no es parejo y siguen existiendo brechas relevantes en cursos superiores y entre distintos contextos educativos y sociales.

Esto cobra especial importancia si consideramos que tanto el SIMCE como la PAES evalúan una habilidad central: la comprensión lectora. No basta con leer palabras; se trata de interpretar, inferir y construir con sentido la información presentada. Y esas habilidades no solo impactan el rendimiento escolar, sino la forma en que los estudiantes comprenden el mundo.

En este contexto, vale la pena mirar lo que está ocurriendo a nivel local. Hace poco, en la región del Biobío, se inauguró la primera guaguateca en San Pedro de la Paz, un espacio pensado para acercar los libros desde los primeros meses de vida. Más allá del acceso, este tipo de iniciativas generan instancias de encuentro entre niños y adultos en torno a la lectura, algo especialmente valioso.

Y justamente ahí aparece un punto que, desde la práctica, se vuelve evidente. Desde la fonoaudiología sabemos que el desarrollo del lenguaje no comienza en la escuela. Se construye mucho antes, en la interacción cotidiana, en el juego, en la conversación y también en la lectura compartida. En la práctica clínica se observa con claridad que los niños que han tenido contacto temprano con libros suelen mostrar mayor facilidad para organizar su lenguaje, ampliar vocabulario y comprender lo que escuchan.

Por eso, cuando hablamos de lectura en la infancia, no estamos hablando solo de un hábito. Estamos hablando de una base para el desarrollo comunicativo, cognitivo y social.

Sin embargo, hoy las pantallas ocupan un lugar cada vez más central, los tiempos familiares son más acotados y prácticas como la lectura en voz alta han ido quedando en segundo plano. A esto se suma otro desafío, el de lograr que los niños se sientan identificados con lo que leen, algo que incide directamente en su motivación.

Frente a este escenario, la respuesta no pasa únicamente por aumentar el acceso a libros. También implica resignificar la experiencia de leer. Espacios como las guaguatecas, la mediación lectora y las iniciativas comunitarias, apuntan justamente a eso, a devolverle a la lectura su espacio de encuentro.

El desafío, entonces, es compartido. Escuela, familia y comunidad cumplen un rol complementario en la formación de lectores. Y en ese proceso, lo cotidiano importa más de lo que a veces pensamos: una historia antes de dormir, un libro elegido por interés propio, una conversación que surge después de leer.

Porque cuando un niño se vincula con la lectura, no solo está aprendiendo a leer. Está desarrollando lenguaje, pensamiento y herramientas para participar en el mundo. Y eso es algo que hoy no podemos seguir dejando en segundo plano.

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Equipo Prensa
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