Los países ya no compiten solo por recursos naturales o mercados, sino que también por conocimiento. Bajo esta lógica se puede entender el reciente anuncio de Latam-GPT, presentado como un paso hacia la soberanía tecnológica de Chile y América Latina.

La IA ya comienza a influir en la forma en que estudiamos, trabajamos y producimos. Es evidente que su impacto dejó de ser teórico para volverse parte de la discusión cotidiana. Un estudio de PwC estima que podría aportar hasta US$15,7 billones a la economía global hacia 2030. Esa magnitud permite dimensionar que no estamos ante una tendencia pasajera, sino frente a un cambio estructural.

Contar con un modelo entrenado con datos latinoamericanos puede ser una señal relevante de autonomía y proyección regional. Sin embargo, los avances tecnológicos solo adquieren verdadero sentido cuando se transforman en capacidades sostenidas. No basta con el anuncio; se requiere integración efectiva en educación, sector productivo y gestión pública.

En un escenario de cambio de gobierno, la continuidad institucional resulta determinante. Iniciativas de esta naturaleza solo generan impacto cuando trascienden administraciones y se consolidan como políticas de Estado. Hoy, el desafío es convertir este avance en una estrategia persistente que fortalezca nuestras capacidades frente a un entorno global que avanza con rapidez.

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Equipo Prensa
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