Cecilia Paredes Directora Magíster en Sustentabilidad de Recursos Naturales y Medio Ambiente Universidad de Las Américas

En el sur de Chile, en invierno, se crece acostumbrado a la lluvia, a los temporales y a las mañanas cubiertas de escarcha. Forman parte del paisaje y de la memoria colectiva. Sin embargo, lo ocurrido en noviembre pasado fue distinto. A pocas semanas del inicio del verano, una intensa granizada, con granizos del tamaño de una pelota de ping pong, sorprendió a comunidades que, en más de seis décadas, nunca habían presenciado algo similar.

El impacto fue inmediato y profundo. Huertos completos se perdieron mientras que frutales y árboles resultaron severamente dañados. Vidrios de viviendas se quebraron, espejos y carrocerías de automóviles quedaron abollados. A eso se sumó el miedo: la oscuridad repentina y el estruendo del granizo golpeando techos y ventanas, dejaron una sensación difícil de olvidar.

La naturaleza lleva tiempo enviando señales, cada vez más claras e intensas, pero aun así persiste la duda. Pese a la abrumadora evidencia científica sobre el cambio climático, todavía hay quienes lo niegan o relativizan sus efectos, mientras la sociedad continúa produciendo, consumiendo y contaminando como si nada estuviera ocurriendo.

Es cierto que las variaciones climáticas siempre han existido. Negarlo sería incorrecto. Pero también es innegable que la acción humana ha ejercido una presión sin precedentes sobre los sistemas naturales, alterando equilibrios que regulan el clima y aumentando la frecuencia e intensidad de eventos extremos, incluso en estaciones que históricamente eran sinónimo de florecimiento y no de destrucción.

Cuando esas señales se ignoran, la naturaleza busca reequilibrarse. El problema surge cuando nuestras formas de vida y producción no acompañan ese proceso y profundizan el desajuste. Entonces, los eventos que antes eran excepcionales comienzan a volverse recurrentes. Lo ocurrido en el sur de Chile no es una anomalía aislada, sino parte de un patrón que se repite en distintas partes del mundo.

Tal vez el verdadero dilema no sea si el cambio climático existe o no, sino cuánto más necesitamos experimentar para tomar conciencia. ¿Hace falta vivir una granizada devastadora, una sequía prolongada o una inundación extrema para empezar, por fin, a ver lo que está ocurriendo?

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