• Hablar de desarrollo, innovación y competitividad en Chile y en América Latina sin abordar la participación de las mujeres en las carreras STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) es una contradicción evidente. En un contexto marcado por la transformación digital, la transición energética y los desafíos de productividad, la baja presencia femenina en estas áreas no solo es una injusticia social, sino también una oportunidad perdida para el crecimiento económico y el progreso sostenible.

La evidencia es clara. A nivel global, solo el 28% de quienes investigan en ciencia e ingeniería son mujeres, y en sectores tecnológicos su participación apenas alcanza un cuarto de la fuerza laboral. En Chile, la situación es aún más crítica en disciplinas como ingeniería, minería o tecnologías de la información, donde los estereotipos de género, el “techo de cristal” y la falta de referentes continúan operando como barreras persistentes. Sin embargo, los datos también muestran que avanzar en equidad no es solo un imperativo ético, se estima que cerrar las brechas de género podría aumentar el PIB chileno hasta en un 24% y mejorar el desempeño empresarial de manera relevante, especialmente cuando la participación femenina supera el umbral del 30% en cargos estratégicos.

Frente a este escenario, los Estados y las instituciones de educación superior en la región han comenzado a asumir un rol más activo. En Chile, iniciativas como la implementación de la Ley 21.369, que busca prevenir y sancionar la violencia y discriminación de género en la educación superior, han generado un marco normativo clave para avanzar hacia entornos universitarios más seguros e inclusivos. A ello se suman políticas públicas orientadas a fomentar vocaciones tempranas en niñas y jóvenes, a través de programas de divulgación científica, becas con enfoque de género y alianzas entre el mundo académico, el sector productivo y la sociedad civil.

Las universidades, en particular, se han transformado en laboratorios de cambio cultural. El caso de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Andrés Bello puede ser ilustrativo. A través de programas de mentoría, becas específicas como Beca Ingenia, iniciativas de visibilización, encuentros de mujeres en ciencia y tecnología, y proyectos de innovación abierta, se ha logrado incrementar de manera sostenida la matrícula femenina en ingeniería, pasando del 18% al 28% en pocos años, con resultados destacados en carreras tradicionalmente masculinizadas como Geología o Ingeniería en Minas. Estos avances demuestran que las brechas no son naturales ni inevitables, sino el resultado de decisiones institucionales que pueden —y deben— ser transformadas.

En América Latina, experiencias similares comienzan a multiplicarse. Países como Argentina, Colombia y México han impulsado programas nacionales de mujeres en ciencia, fondos concursables con perspectiva de género y redes de académicas e investigadoras que fortalecen la permanencia y el liderazgo femenino en STEM. No obstante, el desafío sigue siendo la escala y la sostenibilidad de estas iniciativas. Muchas dependen del compromiso de equipos específicos o de liderazgos individuales, y no siempre logran consolidarse como políticas estructurales de largo plazo.

La lección es clara en este sentido e implica promover la participación de mujeres en STEM exige políticas públicas coherentes, financiamiento sostenido, evaluación permanente y, sobre todo, un cambio cultural profundo que cuestione los sesgos que aún asocian la ciencia y la ingeniería con lo masculino. También avanzar en corresponsabilidad parental, flexibilidad laboral y trayectorias formativas que acompañen a las mujeres desde la educación escolar hasta los espacios de liderazgo académico y empresarial.

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Equipo Prensa
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