Marzo suele instalar con fuerza la conversación sobre la participación de las mujeres en la vida pública. En educación superior, esta conversación también debería incomodarnos: no basta con celebrar avances si el sistema científico y universitario sigue operando con reglas que, en la práctica, dificultan que muchas mujeres entren, se proyecten y permanezcan.

La baja participación femenina en ciertas áreas científicas no se explica solo por “falta de interés”. Muchas mujeres ingresan a carreras científicas, pero se van quedando al margen a medida que avanzan los semestres, los posgrados y las trayectorias académicas. La pregunta, entonces, no es únicamente cómo atraerlas, sino qué condiciones encuentran una vez dentro.

Si queremos más mujeres en ciencia, debemos revisar críticamente cómo se enseña, se evalúa y se reconoce el trabajo académico. En la educación superior, la ciencia suele presentarse como un espacio altamente competitivo, individualista y regido por criterios de éxito que no siempre consideran trayectorias diversas. Evaluaciones estandarizadas, culturas de rendimiento permanente y modelos de excelencia poco flexibles terminan desincentivando la permanencia, especialmente cuando se intersectan con desigualdades de género preexistentes: mayor carga de cuidados, sesgos en la evaluación, redes informales masculinizadas y menor acceso a mentorías y oportunidades.

Diseñar para la inclusión implica dejar de operar bajo la lógica de la excepción. No alcanza con visibilizar referentes femeninos o conmemoraciones puntuales si las prácticas formativas y las reglas de carrera siguen siendo excluyentes. Se trata de diversificar formas de evaluación, valorar el trabajo colaborativo, proteger tiempos de aprendizaje e investigación, y asumir que las trayectorias académicas no son lineales ni neutras.

La motivación, además, se construye cuando las estudiantes se reconocen como sujetas legítimas del conocimiento. Eso ocurre cuando el currículo incorpora aportes de mujeres científicas, cuando el error se comprende como parte del aprendizaje y cuando la retroalimentación acompaña procesos en lugar de solo certificar resultados. La ciencia no se vuelve menos rigurosa por ser más justa; por el contrario, se fortalece.

Promover la participación de mujeres en ciencia no es solo una tarea de orientación vocacional temprana: es un desafío de diseño pedagógico e institucional, que se juega en aulas, laboratorios, comités y políticas internas. Mientras la ciencia siga organizada en torno a modelos que excluyen o desgastan, la motivación será insuficiente. Porque más que invitar a las mujeres a entrar, el verdadero desafío es construir una ciencia en la que quieran quedarse.

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Equipo Prensa
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