Leonor Cerda Directora Escuela de Educación Parvularia Universidad de Las Américas

Iniciar una nueva etapa escolar en la primera infancia es un momento lleno de emociones para niñas y niños, y también para sus familias. Es natural que surjan expectativas e incluso algo de inquietud: todo eso forma parte de la adaptación. Lo importante es que ninguna familia transite sola en este proceso. La escuela debe estar preparada para acompañarlos, orientarlos y construir juntos un camino seguro, afectivo y respetuoso.

Durante esos días de transición, los niños pueden mostrar curiosidad, entusiasmo, pero también temor, variaciones en su conducta o mayor necesidad de cercanía. Estas señales son parte de cómo procesan los cambios.

Las transiciones educativas en la primera infancia representan momentos de profunda reorganización emocional y social. El Ministerio de Educación nos recuerda que estos procesos deben ser “respetuosos, pertinentes y oportunos”, asegurando continuidad en las trayectorias y una comprensión auténtica de las singularidades de cada niño y niña.

Mantener rutinas estables en el hogar aporta seguridad: horarios previsibles de comida, sueño y juego, sostienen emocionalmente en días donde muchos aspectos externos al hogar están cambiando.

A medida que los infantes avanzan entre niveles, el entorno y las expectativas cambian: nuevas salas, compañeros, ritmos, etc. Para que este camino sea seguro, la familia debe estar comprometida a desempeñar un rol activo y consciente. Esto comienza por estar atenta y observar señales como cambios en el sueño, el apetito o mayor necesidad de afecto, junto con comentarios o quejas que suelen expresar la forma en que están viviendo este proceso. Reconocer estos indicadores, sin apresurarse a corregirlos, ayuda a acompañar con calma y contención.

La anticipación positiva también es fundamental: conversar antes con los niños y niñas, explicando con palabras simples qué ocurrirá y cómo será su nueva sala, amigos y educadores, reduce la incertidumbre. La actitud de la madre o padre es determinante: cuando la familia transmite confianza y serenidad, ofrece un sostén emocional que facilita la adaptación.

También es recomendable considerar las buenas prácticas del centro educativo, como las visitas progresivas entre niveles, la articulación entre equipos y el uso de recursos concretos, por ejemplo, un portafolio de cada niño y niña. Cuando la familia participa de estas instancias, el cambio se transforma en un proceso compartido y no en un evento forzado y sorpresivo.

Una comunicación abierta con los educadores a cargo permite construir una alianza sólida. Compartir inquietudes, información familiar relevante o experiencias previas difíciles, entrega al equipo docente herramientas reales para apoyar mejor la adaptación de los infantes. Cuando la familia y escuela trabajan juntas, cada transición se convierte en una oportunidad de crecimiento, fortalece la autonomía, la seguridad emocional y el vínculo entre ambos entornos.

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