En Chile, el cambio de mando es uno de esos rituales que parecen escritos con pluma antigua: solemne, republicano, lleno de símbolos y protocolos. El Presidente en ejercicio entrega la banda y la piocha al mandatario electo, y el país, al menos por un momento, se ordena en torno a esa escena. Pero cuando una tradición se repite por más de dos siglos, es inevitable que ocurra más de un chascarro.
Partamos por los símbolos. La piocha de O’Higgins, pequeña pero cargada de historia, pasa de presidente en presidente sin intermediarios. La superstición popular advierte que, si cae al suelo, augura tiempos turbulentos, y como en Chile se toman en serio, el episodio en que Arturo Alessandri Palma la dejó caer alimentó la leyenda, sobre todo cuando su gobierno enfrentó fuertes tensiones políticas. La banda presidencial, en cambio, no es una reliquia única, cada Presidente tiene la suya, y es el presidente o presidenta del Senado quien la coloca sobre sus hombros. Nada se deja al azar.
En 1896, un siniestro obligó a trasladar la ceremonia desde el Congreso Nacional en Santiago a la Casa Central de la Universidad de Chile. Y en 1906, tras un devastador terremoto, el acto debió hacerse en el colegio Sagrados Corazones. Sí, un Presidente asumiendo en un colegio. La historia tiene esas ironías.
Con el retorno a la democracia en 1990, la ceremonia fue breve, apenas media hora. Todo parecía perfectamente calculado, hasta que el Ford Galaxie 500 que debía trasladar a Patricio Aylwin se quedó sin bencina. La escena pudo haber sido de película, pero bastó que el chofer pusiera dinero de su bolsillo para salvar la dignidad del momento.
En 1994, durante el traspaso a Eduardo Frei, sonó un celular en pleno acto. Hoy sería anecdótico, pero entonces, cuando el teléfono celular era casi un lujo exótico, provocó risas nerviosas. Como si fuera poco, el presidente de la Cámara de Diputados se quedó sin lápiz y tuvo que pedir uno prestado para firmar. Tan simple, tan humano.
En 2000, la nota la puso la madre de Ricardo Lagos, quien le deslizó con ternura que pensara bien en lo que se estaba metiendo. Y en 2010, mientras Michelle Bachelet entregaba el mando a Sebastián Piñera, una fuerte réplica del terremoto, con alarma de tsunami incluida, remeció el Congreso en Valparaíso. Las delegaciones extranjeras, poco habituadas a estos vaivenes telúricos, no sabían si mirar el techo o seguir el protocolo.
Más recientemente, las vueltas algo desorientadas del Presidente Gabriel Boric al inicio de su investidura arrancaron sonrisas espontáneas. Porque así es nuestra historia republicana, solemne en el papel, pero profundamente humana en la práctica. Y quizá allí radique su encanto.
José Pedro Hernández Historiador y académico Facultad de Educación Universidad de Las Américas





















