El próximo canciller asumirá en un contexto internacional marcado por la incertidumbre. Los parámetros que guiaron la política exterior durante la década de 1990, cuando la inserción internacional se basaba en tratados de libre comercio y apertura económica, parecen haber caducado. El crecimiento sigue siendo fundamental, pero no basta como eje ordenador de la proyección internacional.
El escenario actual exige una lectura más realista. La disputa entre Estados Unidos y China, además de tensionar el comercio internacional, ha contribuido a erosionar el multilateralismo, elevando la incertidumbre ante un creciente intervencionismo y encareciendo los márgenes de decisión para los Estados medianos y pequeños.
Para Chile, el panorama es más complejo que durante la Guerra Fría. La dependencia económica de China es significativa, al igual que sus inversiones en sectores estratégicos. Pero la geografía es inmutable: Chile seguirá estando al sur de Estados Unidos. A ello se suma una afinidad cultural y política sostenida con Washington, lo que exige una diplomacia de equilibrios, costos calculados, decisiones bajo presión y conciencia histórica.
En este marco, el multilateralismo adquiere un valor eminentemente práctico. La experiencia regional ha demostrado la inoperancia de iniciativas construidas sobre afinidades ideológicas: UNASUR surgió como promesa ambiciosa, dejando tras de sí infraestructuras vacías y estatuas ornamentales, mientras su contraparte PROSUR se diluyó rápidamente en su fragilidad institucional. CELAC y ALBA solo acumulan declaraciones luego de sus encuentros, sin incidir en el sistema internacional.
Por ello, el nuevo canciller no debiera caer en la tentación de impulsar nuevos foros regionales sustentados en gobiernos ideológicamente afines, sino fortalecer aquellos mecanismos que cuentan con densidad histórica y capacidad acumulada. En ese sentido, una decisión estratégica sería revitalizar la participación de Chile en la OEA. Basada en el panamericanismo y anterior a otras arquitecturas multilaterales contemporáneas, la OEA permite que los países latinoamericanos, independientemente de sus gobiernos e ideologías circunstanciales, articulen un frente común. Sin restar importancia a las relaciones bilaterales, la unión podría ser crucial para interactuar con Estados Unidos reduciendo vulnerabilidad y para enfrentar con mayor coordinación posibles presiones de China.





















