La decisión del Gobierno de quitar prioridad al proyecto de ley de fomento al hidrógeno verde —que contemplaba un incentivo tributario transitorio por US$ 2.800 millones— no es solo una señal política. Es, sobre todo, una señal estratégica en un momento en que el mundo está acelerando, no frenando, su apuesta por esta industria.

Chile ha sido consistentemente reconocido como uno de los países con mejores condiciones para producir hidrógeno verde a nivel mundial. Radiación solar excepcional, recursos eólicos de clase mundial y cercanía a mercados asiáticos y europeos nos posicionan como un potencial líder global. Sin embargo, esa ventaja comparativa no es suficiente. En esta industria, la velocidad de ejecución y la escala de inversión son determinantes.

Hoy, las principales economías están desplegando políticas agresivas para capturar este mercado. Estados Unidos, a través del Inflation Reduction Act, está destinando subsidios que pueden superar los US$ 3 por kilogramo de hidrógeno producido, lo que se traduce en decenas de miles de millones de dólares en incentivos efectivos. Europa, mediante su Hydrogen Bank y distintos mecanismos de contratos por diferencia, ha comprometido más de 50.000 millones de euros para impulsar oferta y demanda. Países como Alemania, Japón y Corea del Sur no solo subsidian producción, sino que están asegurando demanda a largo plazo mediante acuerdos internacionales.

En contraste, el incentivo propuesto en Chile —US$ 2.800 millones— ya era, en términos relativos, modesto. Representaba apenas una fracción de lo que están movilizando los países líderes. Si comparamos en términos per cápita o como porcentaje del PIB, las economías desarrolladas están invirtiendo entre 5 y 10 veces más que Chile en el desarrollo de esta industria. Y si miramos incentivos por unidad de producción, la brecha puede ser incluso mayor.

Pero más allá de la magnitud, el punto crítico es la señal. El hidrógeno verde no despega solo con oferta; requiere simultáneamente la creación de demanda. Justamente ahí apuntaba este proyecto: a activar un mercado local que permitiera dar viabilidad a las primeras inversiones. Sin demanda, los proyectos se postergan. Y en una industria donde los primeros en escalar capturan ventajas competitivas estructurales, el costo de esperar puede ser irreparable.

A tal nivel llega la competencia tecnológica global, que incluso se están explorando conceptos de producción de hidrógeno fuera de la Tierra. Diversos programas espaciales han estudiado el uso del agua congelada presente en los polos de la Luna para producir hidrógeno y oxígeno mediante electrólisis, con el objetivo de generar combustible para misiones espaciales. Aunque esto aún es incipiente, refleja con claridad la magnitud de la apuesta global por esta molécula como vector energético clave del futuro.

Es cierto que hoy existen urgencias en el sistema energético: tarifas, estabilidad del sistema, ajustes regulatorios. Pero plantear esto como una disyuntiva es un error. El hidrógeno verde no es un lujo de largo plazo; es una pieza central de la transición energética y una de las mayores oportunidades económicas del país en las próximas décadas.

Postergar decisiones en este ámbito no es neutral. Es ceder terreno. Mientras Chile discute prioridades, otros países están firmando contratos, asegurando financiamiento y construyendo infraestructura.

La pregunta no es si debemos invertir en hidrógeno verde, sino si estamos dispuestos a competir en serio. Porque en esta carrera, el timing lo es todo. Y hoy, estamos empezando a quedarnos atrás.

Cristóbal Parrado – Investigador Centro de Transformación Energética (CTE) UNAB

 

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