• Cada fin de febrero o inicios de marzo, cambiamos abruptamente las vacaciones por listas extensas de útiles escolares y textos de estudio. Al respecto, en el sistema municipal y particular subvencionado, el Estado entrega gratuitamente millones de libros como parte de una política de equidad, bien recibida y celebrada, incluso a nivel internacional. Asimismo, en los últimos años, el Ministerio de Educación ha implementado orientaciones y cursos para fortalecer su uso en el aula, dirigidos a los profesionales de la educación. El texto escolar, en ese escenario, es una herramienta que, al basarse en el currículum nacional, busca asegurar el acceso común a los aprendizajes, así como ser un complemento para fortalecerlos.

En el sistema particular pagado, en cambio, la situación es distinta, ya que el costo de los textos escolares es alto. Según un estudio del SERNAC, en el año 2023 la media de los precios de este ítem alcanzaba los $193.670 por estudiante. Si bien la norma establece que no es posible obligar a las familias a adquirir textos específicos, en la práctica, la decisión que tome la institución se convierte en una exigencia indirecta. Cuestiones como el empaquetamiento con cuadernillos de actividades y la existencia de plataformas digitales (que muchas veces no se usan) imposibilitan el uso de segunda mano y fomentan compras recurrentes de ediciones que, en realidad, no implican modificaciones sustanciales. Esto llevó a la Superintendencia de Educación a dictar una circular especial para transparentar la justificación de la elección de los textos por parte de los colegios.

Si bien el informe de la Fiscalía Nacional Económica muestra que existe competencia (aunque hay concentración en unas pocas editoriales), las condiciones actuales permiten que el texto escolar funcione como una alternativa de negocio. Entonces la pregunta que debemos plantearnos es: ¿se trata de fortalecer el aprendizaje o de sostener un mercado cautivo?

La evidencia muestra que el texto escolar cumple efectivamente con el currículum, que muchos profesores se apoyan en él para planificar y que resulta un apoyo para los estudiantes, lo que depende en gran medida del docente. Si bien esta agencia profesional es positiva y necesaria, cuando no existen lineamientos claros, el libro puede usarse de manera fragmentada o esporádica. Las observaciones de aula evidencian que el uso del libro se traduce con frecuencia en actividades poco contextualizadas, así como en estructuras de pregunta–respuesta que se vuelven repetitivas. Incluso el uso del libro se reduce a copiar del libro a los cuadernos, lo que conlleva una disminución de la motivación entre los estudiantes.

Cuando un recurso es imprescindible para el aprendizaje, su valor se demuestra en el uso efectivo, en cuanto es realmente un aporte para complementar o apoyar la enseñanza y en la motivación que genera. Por eso, las iniciativas que apoyan a los profesores en el uso efectivo del texto escolar deberían fortalecerse y también abrirse una discusión sobre el marco regulatorio que rige este mercado. De lo contrario, marzo seguirá siendo menos un mes de aprendizaje y más bien una temporada de bonanza para el mercado editorial.

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Equipo Prensa
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