• La vuelta a la rutina puede generar nerviosismo, inseguridad e incluso síntomas físicos en los estudiantes. Frente a este escenario, la educadora de párvulos, autora y editora de Caligrafix, Mónica Lepín, explica cómo distinguir señales de alerta y qué hacer desde la casa y el colegio para fortalecer la seguridad emocional de los alumnos (as).

Marzo no sólo marca el fin de las vacaciones, ya que para muchos niños y niñas, el regreso a clases implica reencontrarse con rutinas, exigencias y nuevos desafíos que pueden despertar ansiedad. Si bien cierta inquietud es esperable, hay señales que requieren mayor atención y acompañamiento adulto.

“Volver a clases siempre remueve emociones. Incluso los adultos sentimos algo parecido cuando regresamos a nuestras rutinas después de un descanso, entonces es completamente normal que los niños también lo vivan así”, explica Mónica Lepín, educadora de párvulos, autora y editora de Caligrafix, reconocida editorial chilena especializada en recursos educativos.

¿Nerviosismo pasajero o ansiedad?

Según la especialista, en el aula los signos de ansiedad varían según la edad. “En el aula, una de las señales más frecuentes en los más pequeños es la dificultad para separarse de sus padres. Algunos lloran más de lo habitual, otros se muestran muy silenciosos o necesitan estar constantemente cerca del adulto. A veces aparecen dolores de estómago o de cabeza que no tienen una causa médica clara, pero que sí reflejan tensión emocional”.

“En niños más grandes, la ansiedad puede verse como irritabilidad, inseguridad frente a tareas que antes realizaban con facilidad o una preocupación excesiva por hacerlo perfecto. También puede manifestarse como un rechazo constante el ir al colegio”, agrega la educadora.

La clave para distinguir si se trata de algo transitorio está en la duración y la intensidad: “La diferencia entre un nerviosismo pasajero y una ansiedad que requiere mayor atención suele estar en el tiempo y en la intensidad. Es normal que los primeros días haya inquietud, pero cuando las señales se prolongan por semanas o interfieren con su bienestar diario, es importante detenernos, observar y acompañar con más contención. Lo fundamental es no minimizar lo que sienten. Para un niño, lo que le pasa es real y necesita ser validado”, especifica la experta.

Las primeras semanas no son una carrera

Para Mónica Lepín, el error más común es poner el foco inmediato en el rendimiento académico.

“Las primeras semanas no deberían vivirse como una carrera académica, sino como un tiempo de construcción de confianza”.

Además la profesional enfatiza que desde casa acciones simples pueden marcar la diferencia. “Preparar la mochila juntos, conversar sobre cómo será el día siguiente, escuchar sin apurar cuando cuentan algo del colegio. A veces no necesitan soluciones, solo sentirse escuchados. Mantener horarios estables para dormir y comer también ayuda mucho más de lo que imaginamos; cuando el entorno es predecible, el niño se siente más seguro”, explica la profesional.

Ahora, en el colegio, el rol del docente es clave. Según explica la educadora, “en  el aula, el foco está en acoger. Mirarlos a los ojos, aprender sus nombres rápidamente, generar instancias de juego compartido y reforzar cada pequeño avance. Un “lo hiciste muy bien” dicho con honestidad puede cambiar completamente la percepción que un niño tiene de sí mismo”.

 “Y algo clave: la coherencia entre casa y escuela. Cuando el niño percibe que ambos adultos están comunicados, que hay un mensaje común y que trabajan en equipo, siente que está sostenido por una red segura”, agrega.

La experiencia de logro como regulador emocional

La ansiedad no sólo se aborda hablando de emociones. También se regula a través de experiencias concretas de avance.

Para la experta, el aprendizaje progresivo es clave. “Cuando el aprendizaje es progresivo, y las actividades están pensadas paso a paso respetando el ritmo de cada niño, disminuye la sensación de frustración. No hay nada que genere más inseguridad que sentir que “no puedo”. En cambio, cuando el desafío es alcanzable, aparece algo muy poderoso: la confianza”, indica.

Por otro lado, la rutina también cumple un rol protector. “Saber qué viene después, reconocer los momentos del día, entender la estructura, les da tranquilidad. No tienen que gastar energía anticipando lo desconocido, porque el entorno es estable”, comenta la experta.

Incluso habilidades concretas como la escritura pueden convertirse en un impulso emocional:  “Y en algo tan concreto como la escritura o la motricidad fina, se ven avances muy visibles. Lograr tomar bien el lápiz, mejorar el trazo, escribir su nombre por primera vez, son hitos que marcan profundamente. He visto muchas veces como un niño que dudaba de sí mismo cambia su postura cuando descubre que es capaz. Ese ¡yo puedo! no solo impacta en lo académico, impacta en su autoestima”, añade.
“Cuando el aprendizaje está bien acompañado, deja de ser una fuente de presión y se transforma en una herramienta de seguridad emocional”, concluye la profesional.

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