• La diversidad de ritmos y necesidades no es una excepción; es parte de la realidad escolar y requiere estrategias concretas desde el primer día.

Al comenzar el año escolar, cada aula reúne a estudiantes con diversas formas de aprender, procesar la información y participar en las experiencias educativas, así como también con heterogéneas necesidades educativas, ritmos de trabajo e intereses. Esta diversidad representa un desafío, pero al mismo tiempo una valiosa oportunidad para generar experiencias de aprendizaje más equitativas y significativas.

A nivel global, el Foro Económico Mundial estima que entre el 10% y el 20% de la población es neurodivergente, incluyendo condiciones como autismo, TDAH y dislexia. En Chile, un estudio publicado en la Revista Chilena de Pediatría estimó que 1 de cada 51 niños presenta Trastorno del Espectro Autista (TEA), lo que equivale a cerca del 2% de la población infantil.

Más que datos aislados, estas cifras reflejan una realidad presente en las salas de clase chilenas: la diversidad neurológica forma parte del día a día escolar y requiere respuestas pedagógicas concretas.

Frente a este escenario, muchos colegios han reforzado evaluaciones diagnósticas tempranas, adecuaciones curriculares, metodologías diferenciadas y enseñanza colaborativa, junto con programas de apoyo socioemocional y seguimiento individualizado, asegurando que los estudiantes puedan acceder a la educación y avanzar según sus capacidades e intereses.

Al respecto, Catalina Melej, educadora diferencial entrega 6 consejos para abordar en el aula:

  1. Rutinas claras y anticipación: Contar con horarios visibles, reglas explícitas y rutinas estables permite entregar seguridad y disminuir la ansiedad. Anticipar cambios ayuda a que el estudiante pueda prepararse emocionalmente y adaptarse mejor.
  2. Espacios de movimiento y pausas activas: El movimiento cumple un rol regulador. Incorporar pausas activas, ejercicios breves o actividades que permitan canalizar energía mejora la concentración y la disposición al aprendizaje.
  3. Refuerzo positivo y validación del esfuerzo: La retroalimentación positiva centrada en el reconocimiento de avances, esfuerzo y fortalezas constituye un factor protector en el desarrollo de la autoestima académica y la autoeficacia. Su aplicación sistemática resulta especialmente relevante en estudiantes que presentan mayores niveles de frustración, baja tolerancia al error o una historia de interacciones predominantemente correctivas, favoreciendo así su motivación, compromiso y disposición al aprendizaje.
  4. Adaptar el puesto de trabajo para el movimiento: Estos ajustes corresponden a adaptaciones del entorno físico diseñadas para favorecer la autorregulación sensoriomotriz dentro del aula. La incorporación de bandas elásticas en las patas del banco para el movimiento de pies, el uso de sillas con leve balanceo o la posibilidad de apoyar los pies firmemente en el suelo facilitan la regulación corporal de los estudiantes sin interferir en el desarrollo de la clase.
  5. Ubicación estratégica en la sala de clases: Sentar al estudiante cerca del docente o lejos de distractores visuales y auditivos (ventanas, puertas, pasillos) favorece la atención sostenida y la comprensión de instrucciones.
  6. Tiempos de trabajo más breves y segmentados: Dividir las tareas largas en bloques cortos, con objetivos claros y pausas intermedias, reduce la frustración y mejora la disposición al aprendizaje.

Entender que no todos aprenden de la misma manera implica poner el foco en la acción más que en el diagnóstico. Pequeños ajustes implementados desde el inicio del año escolar pueden marcar una diferencia real en la experiencia y bienestar de los estudiantes. Avanzar hacia prácticas que valoren distintos ritmos y estilos de aprendizaje no solo favorece a quienes son neurodivergentes, sino que fortalece a toda la comunidad educativa.

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Equipo Prensa
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