Álvaro González Torres, académico CITSE Universidad Católica Silva Henríquez
Cada año, tras la publicación de los resultados de la Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES), los medios de comunicación difunden con entusiasmo rankings de colegios que, supuestamente, “lideran” en calidad educativa. Estas listas, presentadas como indicadores objetivos y transparentes, terminan instalándose en el debate público como si fueran un reflejo fiel del trabajo pedagógico de estos establecimientos. Sin embargo, esta lectura simplista no solo es injusta, sino que además distorsiona profundamente la comprensión de lo que significa educar en un país tan diverso como Chile.
Tal como en repetidas ocasiones han advertido diversas voces expertas, e incluso el DEMRE, la PAES tiene como propósito seleccionar a quienes ingresarán a la educación superior, y no el evaluar la calidad de los colegios donde estudiaron estas personas. Reducir el desempeño de una comunidad educativa a un número promedio ignora la complejidad del proceso formativo y desconoce las múltiples variables que influyen en el logro de aprendizajes de sus estudiantes.
En este contexto, resulta imprescindible considerar el fenómeno de la shadow education o educación en las sombras. Este concepto, ampliamente estudiado en Asia, pero que se ha mantenido invisibilizado en Chile, alude a la proliferación de servicios de preparación intensiva para exámenes de alto impacto, como la PAES. Por décadas hemos sido conscientes de la existencia en nuestro país de los llamados Preuniversitarios, pero también de tutorías privadas y cursos especializados; sin embargo, solemos ignorar que estos conforman un sistema educativo paralelo que influye en los resultados de pruebas como la PAES.
Dado que el acceso a esta educación en las sombras está fuertemente mediado por el nivel socioeconómico de las familias, se configura un nuevo factor de inequidad: los colegios cuyos estudiantes obtienen puntajes más altos suelen ser aquellos donde la preparación externa a través de esta educación en las sombras es parte del paisaje cotidiano, puesto que cuentan con los recursos para obtener servicios que permiten reforzar, complementar o incluso reemplazar procesos educativos formales en sus colegios. En cambio, los establecimientos que atienden a estudiantes de sectores vulnerables difícilmente pueden competir en un escenario donde el rendimiento está condicionado por oportunidades desiguales de acceso a apoyo académico. Los rankings, al no considerar estas diferencias estructurales, terminan reproduciendo una narrativa que responsabiliza exclusivamente a las instituciones escolares por los resultados, invisibilizando las desigualdades que atraviesan el sistema educativo y creando un espejismo de la calidad.
Si realmente queremos avanzar hacia un sistema educativo más justo, debemos alejarnos de este espejismo, abandonando la obsesión por los rankings y reconociendo que la calidad de la educación no puede evaluarse a partir de un solo indicador. El aprendizaje es un proceso multidimensional que involucra factores pedagógicos, emocionales, socioeconómicos y comunitarios, donde el desarrollo de prácticas innovadoras, la promoción de la inclusión y la generación de trayectorias educativas significativas para el estudiantado, debe estar a la misma altura que los resultados en evaluaciones estandarizada. Para ello, necesitamos sistemas evaluativos integrales que reconozcan la diversidad de contextos y valoren el aporte de cada escuela en su propia realidad. La educación es demasiado importante como para reducirla a un ranking engañoso.





















