Chile atraviesa semanas de contrastes dolorosos que convergen en un mismo desafío ético y técnico. Por un lado, la angustiante búsqueda de un adulto autista no verbal extraviado en el sur durante sus vacaciones, encontrado fallecido; y, por otra parte, la urgente evacuación ante incendios forestales que obliga al desplazamiento de miles de habitantes, entre ellos, personas mayores con hipoacusia o pérdida auditiva, así como población en situación de discapacidad.

Ambos escenarios comparten un diagnóstico común: los protocolos de emergencia ignoran la diversidad lingüística y comunicativa.

Cuando el entorno se vuelve hostil, la comunicación estándar, que se basa en la rapidez, literalidad y el bombardeo auditivo, se convierte en una barrera. Para quienes tienen una arquitectura cognitiva o sensorial distinta, el caos de una catástrofe no es solo físico, es también mental.

En el momento en que un rescatista grita una instrucción compleja, está, sin saberlo, excluyendo a quien procesa el lenguaje de manera diversa. Por estos motivos, adoptar principios básicos de comunicación puede salvar vidas.

El respetar la latencia de procesamiento (la regla de los 10 segundos), es clave. El sistema nervioso bajo estrés requiere más tiempo para decodificar estímulos. Tras emitir una instrucción, es imperativo guardar un silencio absoluto de al menos 10 segundos. No es silencio vacío, es un espacio necesario para que el mensaje se convierta en acción en personas con diversidad cognitiva.

También son importantes la sintaxis del mensaje y apoyos visuales. Debemos abandonar las formas corteses y los conectores complejos. La instrucción debe ser «atómica», un solo verbo, una sola acción como: ven, acá, mira. Por ejemplo, si la vía auditiva está saturada por el ruido o alguien perdió sus audífonos, el gesto y la imagen deben ser la prioridad en la comunicación.

La gestión del «objeto de autoregulación» es igualmente indispensable. Lo que para el personal de emergencia puede parecer una carga innecesaria, para otros es su herramienta de estabilidad. Un objeto de apego reduce el cortisol y permite que la persona coopere en su propio rescate.

La desaparición de ciudadanos en contextos de ocio y las evacuaciones masivas por incendios son llamados de alerta sobre nuestra cultura de accesibilidad cognitiva.

No podemos seguir esperando que las personas con diversidad lingüística y comunicativa se adapten al pánico del sistema, es este el que debe aprender a comunicarse en la diversidad para que el rescate sea, de verdad, para todos.

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Equipo Prensa
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