Durante el verano, muchas familias se preguntan cómo acompañar a sus hijos en el proceso de alfabetización inicial de una manera auténtica y relajada, sin convertir las vacaciones en una extensión de la sala de clases.  En este contexto, las caminatas de lectura aparecen como una gran alternativa que permite apoyar este proceso desde el hogar, sin perder de vista que leemos para comprender el mundo que habitamos.

Caminar con nuestros hijos por el barrio, ir a la feria, recorrer una plaza o pasear por un balneario, son experiencias habituales del verano. En todos esos trayectos, niños y niñas están rodeados de textos, como nombres de calles y avenidas, señaléticas de tránsito, letreros de negocios, afiches publicitarios, carteles informativos, precios de productos o advertencias de seguridad. Estos muchas veces pasan desapercibidos por los adultos, no así por los niños, quienes observan todo a su alrededor, atribuyendo un sentido a los símbolos gráficos desde muy temprana edad. 

Leer la calle o el mundo son actividades que no exigen saber decodificar. En la primera infancia, leer implica reconocer, anticipar, preguntar, inferir y atribuir sentido a las letras y a los textos escritos. Un niño que identifica el nombre de una tienda conocida en un anuncio publicitario, que reconoce el símbolo “pare” por su forma y color, o que puede diferenciar letras de números en los letreros de las calles, está comprendiendo que el lenguaje escrito cumple distintas funciones en la vida diaria. En otras palabras, a temprana edad puede tomar conciencia de que lo escrito informa, orienta, advierte y comunica en contextos reales y significativos. 

Las caminatas de lectura también son beneficiosas porque ayudan a los niños a tomar conciencia acerca de lo impreso, que es uno de los componentes clave de la alfabetización inicial. Gracias a este conocimiento, los infantes pueden descubrir que se lee de izquierda a derecha, que las letras forman palabras y que las palabras se separan por espacios. Mayor aún, pueden reconocer la letra inicial de su nombre en algún afiche o letrero, señalando con entusiasmo “esa letra es mía”; este gesto, aparentemente simple, da cuenta de un aprendizaje profundo: el niño o niña es capaz de interpretar signos escritos, asociando fonemas a grafemas.

Si esta estrategia se lleva a cabo de manera constante, se logra avanzar en otras habilidades asociadas al lenguaje escrito, como reconocer palabras que se inician o terminan con una misma letra, diferenciar mayúsculas de minúsculas, identificar algunos signos de puntuación, hasta llegar a distinguir palabras familiares y frases simples en diferentes textos. 

Lo valioso de esta propuesta radica en su sencillez. No se requieren materiales especiales ni una planificación exhaustiva. Basta con caminar juntos, detenerse cuando algo llama la atención de los niños y conversar: ¿qué crees que dice? ¿para qué sirve este letrero? ¿dónde hay palabras? u otras preguntas que permitan acompañar su descubrimiento. Entonces, leer se vuelve una experiencia compartida, lúdica y profundamente significativa.

La invitación este verano es a realizar caminatas de lectura para que los niños puedan descubrir que leer no es solo sentarse frente a un libro, sino interactuar con el mundo escrito que les rodea. 

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Equipo Prensa
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